Cuidarla todos los días

SEGUIR

Introduzca el texto aquí

Uruguay puede estar orgulloso de su democracia.

En tiempos en que ella está en crisis en tantos lugares, es bueno saber que en este rincón del mundo hay un bastión donde se valora la idea de vivir en libertad, en un Estado de Derecho con separación de poderes, donde las instituciones importan, las autoridades surgen de la voluntad de la gente en elecciones libres, y en que el respeto a los derechos y libertades individuales es la base de su funcionamiento.

Pero nada puede darse por sentado y esto que tenemos debemos cuidarlo todos los días. Más en un mundo que en forma creciente subestima la importancia de vivir en libertad.

El intento ruso de conquistar Ucrania mediante una invasión militar muestra que determinadas reglas de convivencia internacional no importan, así como tampoco le importa al mandamás ruso (tal como lo hicieron los antiguos zares y luego los dictadores soviéticos) la libre convivencia dentro de su país.

En un momento en que una guerra cruel sacude a Europa y tiene en vilo a un mundo que no termina de salir de los efectos de la pandemia, la crisis de la democracia obliga a replantearnos algunas ideas.

La agresión a Ucrania interpela a un mundo que ha estado descuidando sus instituciones y las libertades. El complicado proceso que vivió Europa tras el horror de la Segunda Guerra para construir democracias modernas, pujantes y capaces de dar a sus pueblos libertad personal y calidad de vida en lo económico, hoy parece subestimarse.

Algunos sacudones políticos en el viejo continente pueden ser propios de países que gracias a sus instituciones saben canalizar la discusión política y conciliar los diversos intereses que caracterizan a sociedades abiertas y plurales.

Pero hay un trasfondo oscuro que alimenta el temor. La renuncia del primer ministro británico y la del primer ministro italiano, a la vez que asume por segunda vez el presidente Emmanuel Macron de Francia con un extremadamente frágil respaldo parlamentario, obligan a estar alertas. Es que a países que funcionaron con partidos fuertes que reflejaban el abanico político y tenían convicciones liberales más allá de que fueran de izquierda o derecha, hoy los acechan otras realidades.

Se fortalecen grupos que se ubican en los extremos radicales, fuertemente nacionalistas y algunos incluso xenófobos, que admiran el modelo autoritario de Vladimir Putin o de Maduro, que desprecian la libertad y proponen populismos ya probados a lo largo de la historia que nunca beneficiaron a los más pobres.

En otras palabras, partidos que aun cuando invoquen la democracia no creen en ella y se sienten seducidos por versiones actualizadas, pero igual de peligrosas, de los modelos totalitarios que golpearon al mundo en el siglo XX.

Esto ya la estamos viendo quienes vivimos en este lado del océano. El renacer democrático y liberal que hizo vibrar a buena parte de América Latina en los años 80, perdió vigor y hasta vigencia.

A las dictaduras ya establecidas y decididas a prolongarse mediante la persecución a los que piensan diferente, el cercenamiento de las libertades y la violación de derechos elementales, como ocurre en Venezuela, Nicaragua y Cuba, se suman gobiernos que por ahora juegan con las reglas que los llevó al poder, pero no creen en ellas. Quieren copiar el modelo venezolano de Corte Suprema con 25 miembros, con lo cual eliminan su independencia y neutralizan su función de garantizarle al ciudadano, individualmente considerado y por encima de partidos y facciones, sus más íntimos y reales derechos. Lanzan, para ser refrendados, proyectos de Constitución que poco tienen de constitucionales, valga la aparente paradoja.

En Estados Unidos sigue latente la amenaza rupturista de los sectores que apoyan a Donald Trump. La comisión de la Cámara de Representantes que investiga lo ocurrido el día en que las huestes del entonces presidente quisieron tomar por asalto el Congreso, sigue demostrando que fue un peligroso momento donde tras dos siglos de continuidad institucional, ésta estuvo a punto de romperse.

En un momento en que una guerra cruel sacude a Europa y tiene en vilo a un mundo que no termina de salir de los efectos de la pandemia, la crisis de la democracia obliga a replantearnos algunas ideas.

En esto hay que ser claros: no cualquier régimen puede definirse como democrático como muchos pretenden, incluso en nuestro país. Primero están las libertades y los derechos básicos de cada persona. Con ellas votamos a las autoridades para que nos gobiernen, no para que aplasten a las minorías. En una democracia nadie tiene la suma del poder, por eso importa un aceitado funcionamiento de los controles y equilibrios.

La democracia, la que funciona de verdad, es liberal. Si no, no es.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

Editorial

Te puede interesar