Comprar caro

Hay frases que condensan una visión entera del país. Las recientes declaraciones de la ministra Fernanda Cardona sobre la conveniencia de que el Estado compre más caro para “desarrollar proveedores nacionales” pertenecen a esa categoría. No se trató de un matiz técnico ni de una expresión aislada. Fue la explicitación descarnada de una idea profundamente arraigada en buena parte de la izquierda uruguaya: que el desarrollo económico surge de proteger, subsidiar y cerrar.

La lógica es conocida. Si el Estado compra más caro a empresas nacionales, esas empresas crecen, generan empleo. El problema es que esta teoría no es nueva. Tiene aproximadamente más de 80 años. Y fracasó prácticamente en todos lados donde se aplicó, en especial fracaso brutalmente en Uruguay.

América Latina conoce demasiado bien ese camino. Economías cerradas, industrias artificialmente protegidas, consumidores pagando productos peores y más caros, empresarios viviendo del favor estatal en lugar de competir e innovar. Décadas enteras perdidas intentando sustituir competencia por protección. El resultado fue atraso, baja productividad y dependencia permanente del Estado.

Por eso sorprende escuchar en 2026 argumentos que parecen sacados de un seminario de sustitución de importaciones de los sesenta. Más todavía en un país pequeño como Uruguay, cuya única posibilidad de prosperar es exactamente la contraria: abrirse al mundo, competir, integrarse y mejorar su productividad. Porque hay algo elemental que conviene recordar. Cuando el Estado compra caro, no paga “el Estado”. Pagan los uruguayos. Pagan los trabajadores, los contribuyentes y las empresas que sostienen con impuestos cada peso adicional que el sector público decide gastar para favorecer determinados proveedores.

Y además lo hacen muchas veces sin siquiera recibir un producto mejor. El “compre nacional” entendido como obligación moral suele terminar en mercados cautivos, incentivos perversos y empresas que aprenden más a hacer lobby que a competir.

Naturalmente, esto no significa desconocer la importancia de la industria nacional ni del desarrollo de proveedores locales. Todo país inteligente procura fortalecer capacidades productivas propias. La diferencia está en cómo hacerlo. Una cosa es mejorar infraestructura, facilitar inversión, abrir mercados, reducir costos logísticos o promover innovación. Otra muy distinta es asumir que pagar más caro es, en sí mismo, una política virtuosa.

Ese es el verdadero problema conceptual detrás de las palabras de Cardona. No expresan una estrategia moderna de desarrollo. Expresan una nostalgia kirchnerista. No casualmente esas palabras de Cardona fueron difundidas con gran entusiasmo por un periodista ultra K.

Pero lo verdaderamente interesante es el “oceano ideológico”, diría Talvi, que se abre en el consejo de ministros con estas confesiones. Porque es evidente que dentro del gobierno conviven dos miradas profundamente distintas. De un lado, la visión representada por Cardona: proteger, intervenir, subsidiar y priorizar el desarrollo hacia adentro aunque implique mayores costos. Del otro, una visión que expresa el ministro Oddone: apertura, cuidado fiscal, inserción y mejora de competitividad.

Las tensiones entre estos dos ministros tan protagonistas de la política económica son un secreto a voces. En cada pequeña o gran decisión estas dos cosmovisiones llegaran a conclusiones distintas. Desde facilitar el comercio hasta cambiar la regulación del mercado eléctrico. Pero lo verdaderamente importante no es la relación entre ministros, sino cuál de las dos visiones terminará predominando.

Sin dudas el Uruguay precisa que en esta batalla de ideas triunfe la visión de Oddone. Porque un país pequeño, lejano y caro no puede darse el lujo de enamorarse del proteccionismo. Ya conocemos ese camino. Desde la salida de la dictadura, aunque muy gradual y lentamente, hemos mejorado. Hacer lo que dice Cardona implicaría empresas menos competitivas, precios más altos, consumidores castigados y un Estado obligado a sostener artificialmente actividades que no logran sobrevivir por sus propios medios.

La prosperidad no nace de comprar caro. Nace de producir mejor. De competir. De innovar. De abrirse. De obligarse a alcanzar estándares internacionales en lugar de refugiarse detrás de la protección estatal.

Y en un mundo que será cada vez mas abierto y competitivos, lo que de verdad serán carísimas son las nostalgias económicas.

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