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Las recientes elecciones en Brasil han dejado muchas lecciones.
Desde la manipulación indecente de las encuestadoras pese a estar reguladas al máximo, hasta la estupidez del alineamiento incondicional del Frente Amplio con un candidato de otro país, que fue preso por montar la red de corrupción más grande de la historia continental, y que salió de la cárcel por un tecnicismo legal. Pero acá queremos ir más a fondo.
Hay una teoría creciente entre los grupos de izquierda “ilustrada” a nivel regional (y también en el primer mundo) que están desempolvando miradas que se creía saludablemente perimidas. Hablamos de la visión que equipara la lucha política actual en una especie de cruzada entre civilización y barbarie, algo a la manera de lo que planteaba Domingo Sarmiento, pero dos siglos después, en la era de internet, y con agujeros dialécticos dignos de un queso suizo.
Con menos sofisticación intelectual, usted habrá escuchado esto hasta el cansancio después de la última elección en Uruguay. La justificación de que mientras que la zona metropolitana, donde se aglutinarían los sectores más cultivados, se inclinó por el Frente Amplio, el electorado que le dio la victoria a la coalición republicana fue el interior profundo. O sea un hato de gauchos ignorantes, “comebostas”, como llegó a decir un sindicalista de Conaprole.
En Chile pasó algo parecido. Al punto que el día previo al reciente plebiscito constitucional, hubo un cruce entre una marcha de rústicos “huasos” (gauchos chilenos) y sensibles ciclistas urbanos que desfilaban en apoyo al proyecto constitucional, lo cual fue presentado por analistas y políticos “de izquierda” como la muestra flagrante del choque entre el pasado y el futuro del país. Luego se vio que el 62% de los chilenos preferían el pasado, según sus votos.
Más o menos el mismo discurso se ha escuchado en Colombia en la reciente campaña que llevó a Gustavo Petro al poder, y en otros países de la región.
Ahora bien, esta elección brasileña fue el non plus ultra de esta mirada maniquea. Bolsonaro sería el candidato de los primitivos evangélicos, del lobby de las armas, del agronegocio, de los ricos insolidarios, enfrentados con la vanguardia civilizatoria que encabezaría el PT, y su plataforma “proderechos”.
El primer comentario que cualquier persona mínimamente informada diría es “¡pucha!, se ve que son muchos los burros y primitivos en Brasil, porque el 44% de la gente votó a Bolsonaro”. Pero ya sabemos que a los teóricos de esta izquierda new age no les genera complejo hablar en nombre de mayorías que nunca han representado. Por eso, tienen tantos problemas con la democracia.
Pero a poco que uno profundiza más, la cosa es todavía más expresiva. Por ejemplo, durante muchos años, ese partido brasileño se arrogó el ser la voz de la ilustración en Brasil. Que sus votantes eran la vanguardia intelectual del país, pero que siempre perdían las elecciones por culpa del voto prebendario y cautivo del Nordeste, manejado a voluntad por los “coroneles” y caudillos que actuaban como en tiempos de la esclavitud. ¡Cómo se ha dado vuelta la cosa!
Si uno mira el mapa electoral de Brasil del domingo, se da cuenta que en los estados más progresistas, más pujantes, y donde vive la gente con más apertura al mundo y a los nuevos tiempos, Bolsonaro ganó por paliza. Rio Grande del Sur, Santa Catarina, Paraná, San Pablo, Río de Janeiro, hasta el Distrito Federal, fueron bastiones del mandatario.
“Bolsonaro sería el candidato de los primitivos evangélicos, del lobby de las armas, del agronegocio
Por el contrario, el estado que explica casi toda la diferencia electoral en favor de Lula da Silva fue Bahía, probablemente el más atrasado y pobre del país. Donde las promesas de mayores migajas en planes sociales tienen más incidencia en el electorado.
Pero no vamos a cometer el mismo pecado que venimos aquí a criticar. La clave de una democracia es que todos valemos lo mismo: un ciudadano, un voto. Y la persona menos formada, y más necesitada, es tan ciudadano como el que tiene dos doctorados y años de lecturas. A veces, incluso, muestran más sentido común y sensibilidad democrática los primeros.
Lo que es importante dejar en claro es que ese discurso elitista, soberbio, que se escucha tanto en ciertos sectores del “proletariado intelectual” uruguayo, según lo definiera de manera genial Pedro Figari hace más de un siglo, es una ridiculez peligrosa. Principalmente, porque hace imposible el diálogo de iguales, el intercambio de puntos de vista, y de razonamientos, que es el nutriente fundamental sobre el que crece un sistema democrático saludable.
La realidad, siempre se empeña en pinchar estos globos pedantes.