Carnavales eran los de antes

Llama la atención cómo tantas figuras del mundo artístico elogiaron la celebración del carnaval tanto en Melo como en Artigas. Ven estas fiestas como algo distendido, participativo y familiar, con grupos de alta calidad en los desfiles y celebraciones en la calle que duran toda la noche. Además, concentrado en los días fijados por el calendario para carnaval.

Una reciente encuesta muestra que la adhesión popular al carnaval no es tan amplia ni totalizadora como se creía. Por eso llama la atención la simpatía (y la corriente de turistas) que provocan las fiestas en ambas ciudades. Ante este fenómeno, no está de más preguntarse qué está pasando con el carnaval capitalino, aparentemente dirigido solo a un sector politizado de clase media. Cada vez más gente se atreve a decir, sin ruborizarse, que no siente el carnaval, ni lo disfruta y algunos incluso, lo rechazan tal vez por su excluyente militantismo.

Se dice que el carnaval uruguayo es el más largo del mundo, ya que dura mucho más que los tres días marcados en el calendario.

Lo largo es solo una parte del carnaval: el concurso de espectáculos en el Teatro de Verano, que se replica en otros escenarios y tablados. Es largo por la sencilla razón de que son muchos los grupos que compiten. El buen tiempo invita a que la gente asista a estos espectáculos al aire libre.

Hasta hace pocos años, la temporada empezaba con el desfile inaugural en la noche del sábado de carnaval, y se extendía las semanas siguientes. En la semana del feriado, había vistosos corsos en varios barrios de Montevideo y las llamadas eran ese mismo viernes. En los clubes de barrio había bailes de disfraces y al sábado siguiente con otro desfile y más bailes, se culminaba con el llamado “entierro del carnaval”. Los espec- táculos en el Teatro de Verano y los tablados, sin embargo, seguían hasta terminar con el concurso.

Esto era complicado si los días de carnaval caían tarde en febrero. Implicaba prolongar el concurso durante marzo, cuando las clases ya habían comenzado y las noches eran más frescas.

Por eso se cambió el calendario y se adelantó la celebración. Este año el carnaval comenzó el 19 de enero, cuando mucha gente veraneaba en la playa y tenía la cabeza en otra cosa. Terminábamos de salir de las fiestas navideñas. Reyes había sido apenas 12 días antes.

El desfile oficial a mitad de enero inauguró algo que todavía no era, las llamadas se hicieron cualquier día menos el viernes siguiente al feriado.

Todo se concentra exclusivamente en el concurso. Carnaval y concurso son sinónimos. Otras expresiones como desfiles, corsos, disfraces, bailes, son cosas del pasado.

De ese modo, el carnaval se convirtió en un evento de espectadores que desde la platea ven lo que otros hacen. Esto sin entrar a discutir el grado de proselitismo político que estos espectáculos adquirieron.

El concurso es una tradición propia del carnaval montevideano. Pero tal vez mató todo lo otro.

En otros países, la gente es parte de la fiesta. Se disfraza, sale a la calle, vibra con los desfiles, va a los bailes en un clima licencioso solo permitido esos días. Es una celebración corta, pero intensa.

Así ocurre en Venecia, en Colonia (Alemania), en el “Mardi Grass” de Nueva Orleans, en el mundialmente famoso carnaval de Río de Janeiro. Y más cerca están los de Oruro en Bolivia, el carnaval correntino de Argentina, o los de Humahuaca y Gualeguaychú. Los de Artigas y Melo parecen atenerse a esta última tradición y no a la capitalina.

Durante la semana de Carnaval en Montevideo no pasa nada, con excepción del teatro de Verano. Hay una fuga masiva a las playas. Montevideo queda vacía, con un clima que parece más luctuoso que festivo.

Quizás habría que separar las aguas. Que el concurso sí, efectivamente empiece antes, con su propio rito inaugural, para terminar a fin de febrero cuando empiezan las clases. Y que el desfile central y las llamadas se hagan en la semana señalada por el calendario, con el retorno de los corsos barriales (hoy muy disminuidos) y los bailes “de mascaritas” para que Montevideo vuelva a brillar y atraiga turistas de los países vecinos.

Es absurdo que en la semana que más atractivo podría tener la capital, lo único que se puede hacer es ir al Teatro de Verano, que sin dudas es una fuerte expresión de nuestro carnaval, pero que no puede restringirse a ser la única.

Mientras tanto, Artigas y Melo seguirán siendo fiestas que atraerán cada vez a más gente.

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