El sistema político uruguayo está atravesando un reacomodo en el que vale la pena detenerse. Desde la asunción de Yamandú Orsi como presidente se puede apreciar un cambio de posición muy marcado en uno de los partidos políticos de nuestro país. Cabildo Abierto, el partido que es (¿o era?) liderado por el general Guido Manini Ríos, ha resuelto cruzar la cañada y sumarse al Frente Amplio a todos los efectos relevantes.
No se trata de un apoyo puntual, sino de una alianza sistemática, reflejada en votaciones clave como interpelaciones, rendición de cuentas y en general todas las mociones fundamentales para el gobierno. El ejemplo más reciente, en que Cabildo Abierto se desdijo de la palabra empeñada públicamente de acompañar la comisión investigadora por la compra de la estancia María Dolores es simplemente uno de los casos más impactantes.
La Coalición Republicana ciertamente está firme e incluso avanza en una estructura de mayor organización con el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente. Cabildo Abierto ha decidido abandonarla y formar un nuevo bloque con el Frente Amplio, que el tiempo dirá si es de asimilación total o acuerdo electoral.
La consecuencia inmediata es que el gobierno cuenta ahora con una mayoría parlamentaria propia de facto, pero sobre todo que el tablero político se ha reconfigurado.
El nuevo bloque oficialista reúne a los sectores más radicales del espectro político. El Frente Amplio arrastra consigo a las corrientes de izquierda más duras, con ideas cargadas de estatismo, fanatismo por las regulaciones y una visión crítica de la apertura económica. Cabildo Abierto, por su parte, comparte la visión económica de los sectores más extremos de la izquierda y se ha definido desde sus orígenes como un partido con un discurso de orden, valores tradicionales y un marcado sesgo corporativo en materia militar.
El acuerdo que ha dado lugar a la nueva coalición retardataria se basa, por cierto, en algunas ideas cuestionables compartidas, dejando de lado aparentes discrepancias, en base a la realpolitik de las transacciones de mutuo beneficio.
En contraposición, el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Partido Independiente seguirán representando a la Coalición Republicana, que ahora queda con una base de ideas mucho más nítida y moderna. Se trata de partidos que, con matices, representan la tradición liberal-democrática uruguaya: respeto a las instituciones, defensa de la economía abierta, confianza en el sector privado y vocación de progreso modernizador de honda vocación social. Este bloque opositor tiene el desafío de articular un discurso claro frente al nuevo escenario. Ya no basta con criticar al Frente Amplio: ahora deberá mostrar que existe un Uruguay alternativo al radicalismo sesentista de la izquierda y de Cabildo. Se trata de recuperar la bandera de la moderación, la racionalidad y los valores que mejor representan a nuestro país.
La nueva alineación política no es un mero cambio de figuritas. Hasta ahora Uruguay se destacaba por la existencia de polos claros pero moderados, que permitían acuerdos interpartidarios y consensos básicos. Con este reacomodo, se perfila una política más polarizada, con un oficialismo apoyado en los extremos y una oposición que se reivindica como heredera de la centralidad democrática uruguaya.
Esto puede derivar en un debate público más áspero, menos propenso a los consensos y con mayor riesgo de parálisis o de decisiones tomadas sin la búsqueda de equilibrios. En ese sentido, la responsabilidad de la Coalición Republicana, mejorada sin Cabildo, será mostrar que existe una alternativa a la defensa de intereses corporativos, la burocracia estatal y los grupos de presión organizados.
La nueva realidad es clara. De un lado el frente que quiere más impuestos, incumple promesas, defiende lobbies y esclerosa la economía y la sociedad uruguaya. Del otro, una Coalición Republicana que se presenta como garante de la democracia liberal y de las ideas de progreso. En definitiva, como ya vislumbró Herrera poco antes de su fallecimiento: “Adviene otro tipo de lucha distinta a esta que venimos de resolver con éxito. No será más entre blancos y colorados, sino entre nacionales, quienes quieran y merezcan serlo, y los que no quieran, o porque no lo sienten, o porque no les conviene” La realidad es por demás evidente a esta altura del partido y tiene la virtud de permitir plantear con mayor nitidez los proyectos alternativos de ambos bloques.