Durante quince años gobernó el Frente Amplio (FA) con mayoría propia en el Parlamento. Siempre supo, y así lo señalaron sus principales dirigentes en varias oportunidades, que debía reformarse la seguridad social; y que, por causa del envejecimiento de nuestra población, la sostenibilidad de esa reforma debía de incluir un aumento en la edad de retiro de los trabajadores.
Sin embargo, el FA nunca tuvo la disposición política para enfrentar esa reforma y cambiar el sistema en el sentido que se requería. Como siempre supo que era necesario tomar medidas antipáticas que no habrían de contar con el apoyo del mundo social-sindical, el FA prefirió dejar correr el tiempo y que otro, llegado el caso, se ocupara del asunto. Ese otro, finalmente, fue el gobierno actual, que prometió en su campaña electoral llevar a buen puerto una reforma que todo el mundo sabía que era absolutamente necesaria. Con inteligencia, además, lo hizo de manera de que los cambios resultaran graduales y de muy largo plazo: como es sabido, recién cerca de 2040 quedará completamente implementada la reforma que hará que en general los trabajadores puedan jubilarse a partir de los 65 años de edad.
¿Cuál ha sido la reacción del FA? Sin aceptar su evidente incapacidad política para liderar la reforma entre 2005 y 2020, y negándose a apoyar los cambios recientemente aprobados que fueron justos y posibles, ha dicho que de ganar las elecciones en 2024 propondrá inmediatamente un diálogo social para reformular el sistema en base a nuevos criterios que deroguen lo esencial de la reforma gradualista que hoy está vigente. Pero, además, el FA ha empezado a sentir la presión de su aliado sindical, y en particular de los comunistas que allí operan.
En efecto, seguramente la izquierda sindical más radical logrará en este invierno que todo el Pit-Cnt se alinee tras una iniciativa de plebiscito constitucional a ser votada en octubre de 2024. Hay algunos de sus puntos que ya se conocen: eliminación del lucro en la seguridad social, no aumento de la edad jubilatoria, y suba de las jubilaciones y pensiones mínimas. Con un esfuerzo de movilización nada difícil para el sindicalismo -se trata de presentar el apoyo de solamente el 10% del padrón electoral-, el gran aliado del FA estaría así marcando la agenda del debate de octubre de 2024 sobre la base de un plebiscito que, indirectamente, buscará derogar lo esencial de la reforma recientemente votada por el Parlamento, a la vez que dejar fijado como principio inamovible la edad jubilatoria general a los 60 años de edad.
Cualquiera se da cuenta del brete del FA. Por un lado, ¿qué candidato del FA se animará a contrariar la iniciativa plebiscitaria sindical, cuando en particular la precandidata Cosse ya ha declarado que no le parecía descabellado transitar por ese camino, y cuando además toda la izquierda precisa de la capacidad de movilización sindical sobre todo de cara a las internas de junio de 2024? Pero, por otro lado, ¿cómo puede el FA aparecer como una fuerza política seria y lista para gobernar con responsabilidad, si no fue capaz de reformar la seguridad social a fondo en 15 años de gobiernos pasados, si tampoco está de acuerdo con la reforma actual, y si apoya un plebiscito que se niega a cambiar la edad de retiro, a la vez que, desde esa base, se compromete a un “diálogo social” reformista a partir de marzo de 2025?
Ese brete no preocupa en lo más mínimo a los adherentes al FA, ya que ellos creen a pie juntillas que este gobierno llevó adelante una reforma neoliberal y que no importa nada la evolución demográfica del país en la decisión de la edad de retiro de los trabajadores. Sin embargo, si se sale del encierro del comité de base y de las reuniones sindicales, es evidente que hay una ciudadanía con sentido crítico, que es la que realmente decidirá del resultado de las elecciones volcándose ya sea hacia el FA o ya sea hacia la Coalición Republicana (CR), que naturalmente percibirá esta enorme contradicción interna de la izquierda y este brete político en el que el FA está metido.
Estamos ante el corazón de lo que será el debate de 2024: un FA que intentará presentarse como una alternativa seria, pero que en realidad será llevado de las narices por la estrategia radical sindicalista. Mostrará de esta forma que no es capaz de conducir con autonomía las reformas que el país precisa para alcanzar mayor bienestar y desarrollo: ese es el brete de la izquierda, y es el que debe ser bien entendido y bien explicado por la CR a toda la ciudadanía.