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Atentos a cada hecho

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Al estallar la Segunda Guerra Mundial en 1939, buena parte del mundo se dividió en dos bandos. Por un lado estaban los Aliados, por el otro estaba el Eje. En los primeros predominaban los países democráticos, entre los segundos estaba la Alemania nazi, la Italia fascista, el Japón imperial. Hubo alguno que empezó de un lado y terminó del otro, como la Unión Soviética. Gracias a un pacto con Hitler, Stalin avanzó sobre los países de Europa oriental y cuando Hitler rompió el pacto e invadió Rusia, se pasó al bando aliado.

No habrá hoy una guerra mundial pero algunos conflictos amenazan con ampliar una aguda situación bélica. Los ataques de Irán a Israel este fin de semana son una muestra de ello. Si eso queda en una retaliación por el atentado contra el consulado iraní en Damasco o si ello lleva a un agravamiento del conflicto en Medio Oriente, es algo que está por verse.

Lo cierto es que en este comienzo del siglo XXI vuelve a formarse una división. De un lado se fortalece el concepto de “aliados” (incluso con socios que estaban del otro bando hace más de un siglo) y por otro lado se forma un “eje” con países dictatoriales, teocráticos y nacionalistas.

Esta realidad tiene al mundo caldeado y a mucha gente genuina y legítimamente alarmada.

Si bien esto podría resultarle lejano a Uruguay, nadie está ajeno a lo que ocurre en un mundo cada vez más interdependiente donde el concepto de neutralidad manejado en aquella contienda, hoy ya no sería leído de igual manera.

Mientras lo de Medio Oriente se complica, la lucha en Ucrania no cede. Su prolongación genera cansancio en un Occidente que apoya desde afuera pero no en el combate. Ese cansancio, a lo que se suma la atención causada por lo de Israel, Gaza e Irán, afecta a Ucrania en una guerra que, por donde se lo mire, Rusia no puede ni debe ganar.

El caso de Israel se complica porque un creciente antisemitismo lleva a una lectura perversa del conflicto. Para empezar, Hamás es un grupo terrorista que ataca, tortura y asesina población civil. Se dirán palestinos, pero responden a lo que mande Irán.

Sucede igual con Hezbolah en el Líbano, que nunca dejó de bombardear a Israel en todo este tiempo.

A ellos se suman los rebeldes hutíes de Yemen, otro brazo armado de Irán.

Rusia y su expansionismo “euro-asiático” de inspiración ultraderechista forma parte de este complejo armado. Y está China, inclinada hacia el mismo bando, con un líder duro que por ahora contiene sus jugadas.

El frente occidental, o sea el que hemos llamado “aliado”, está entreverado. Europa teme que en caso de que Donald Trump gane las elecciones norteamericanas, quede sola respecto a Ucrania y ya está tomando medidas preventivas. Teme también que sus partidos nacionalistas y prorrusos crezcan. Hasta ahora, Occidente a través de la OTAN evitó entrar en un choque directo con Rusia, pero dio un enorme apoyo en recursos y armamentos a Ucrania.

Si gana Trump las cosas se pondrán peores. Los antecedentes de su anterior gobierno, y su actual discurso, lo muestran más cercano al eje que a los aliados. Le seducen los dictadores nacionalistas y autoritarios. No muestra afinidad con los valores tradicionales de Occidente. Pese a que su consigna es “hacer que América sea grande otra vez”, sus actos van en la dirección contraria y llevan a que sea Rusia (o China) la que pretenda “ser grande”.

Paradójicamente, en los círculos intelectuales y académicos, supuestamente contrarios a Trump, creció una corriente de pensamiento que se asemeja a los típicos postulados fascistas y no al progresismo que dice reflejar. Eso se ve en su antisemitismo, su cultura de censura y cancelación y su ya no tan velada simpatía a regímenes teocráticos islámicos (homofóbicos y antifeministas). Es todo muy raro.

Brasil, Venezuela, Nicaragua y Cuba se sienten próximos a Irán, a China (no solo por razones comerciales) y a Rusia.

La izquierda latinoamericana sigue esos mismos rumbos. Le atrae el discurso ultranacionalista y fascista (en el caso de Putin) del nuevo eje.

El contexto es de extrema fragilidad. El ataque iraní a Israel, la indiferencia hacia el destino de Ucrania, son señales preocupantes y hablan de un mundo donde, por decir lo menos, la convivencia es demasiado tensa.

Con estos datos en la mano, es importante que nuestra cancillería esté en estado de alerta, atenta a cada hecho. Ubicarse en posturas tibias ante esta realidad, está fuera de discusión.

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