EDITORIAL

Asustando señoras mayores

Parte central de la cosmovisión “de izquierda” implica dividir el mundo entre buenos y malos. Cuando a los “buenos” les va mal, urge encontrar conspiraciones y operativos maléficos que justifiquen su fracaso. El proceso está en marcha.

Es fácil traducir el término en inglés "libertarian" al español. Significa "liberal", una filosofía política que tiene siglos, y cuyo eje es poner a la persona como centro de la organización pública. Esto en contraste con visiones como el marxismo que dicen querer privilegiar a la sociedad, aunque en la práctica todos sus ensayos han terminado en monarquías de "politburó", donde un grupito de burócratas decide la vida de los demás.

En un ambiente intelectual sano, del contraste entre estas dos visiones se beneficia todo el sistema, ya que genera un intercambio que obliga a los defensores de cada postura a estudiar, a argumentar, a poner en duda sus postulados. Y a quienes no se encuentran alineados, les permite comparar y optar qué viene mejor a su país en cada momento histórico.

Esta no es la visión de quienes se definen como "de izquierda" o tienen formación marxista. Para ellos, el mundo se divide entre buenos y malos, entre quienes defienden a los pobres y a los postergados, y los ricos egoístas, que usan artimañas para confundir a alguna gente poco ilustrada, que a veces los termina votando. Lo asombroso es que pese a lo vivido en el siglo XX y XXI con los ensayos marxistas de diverso tono, la gente "de izquierda" está convencida que los defensores de los pobres... ¡son ellos!

El problema es que para esa cosmovisión, cuando las cosas no se dan como les gustaría, cuando sus propuestas no son aceptadas por la sociedad, no ocurre por una cuestión de libertad de opción de la gente. Eso solo puede pasar porque hay un complot, una confabulación, algo que "los malos" han hecho para torcer el destino que llevaría al paraíso terrenal.

Eso, que se ha dado en llamar mesianismo, es lo que abunda en una nota publicada en La Diaria, y que está siendo muy replicada por estas fechas, donde se inventa una historieta de terror para señalar que la caída de Dilma en Brasil, la victoria de Macri en Argentina, o la de Piñera en Chile, no es por una libre decisión de sus votantes, sino por una fría operación pergeñada en Washington por una organización opaca llamada Atlas. Casi, casi tan mala como aquel grupo "Kaos" que enfrentaba el agente F86. Una estrategia muy similar a la usada cuando se acusaba a Wilson Ferreira de ser financiado por la Shell.

La realidad, para quien quiera verla con mirada libre de paranoias y cabeza aldeana, es muy distinta. La red Atlas es parte del entramado de "Think Tanks" que proliferan en el primer mundo como forma de generar debates y defender puntos de vista ideológicos. Sus fondos vienen de donaciones absolutamente transparentes, y tienen el muy positivo fin de financiar estudios académicos, publicaciones, y movimientos políticos de base (no tanto partidarios), que permitan sostener su visión.

Así como existen estas instituciones que defienden perspectivas liberales, hay otros que hacen lo mismo con otras posturas ideológicas. De hecho, el think tank más poderoso a nivel global es hoy la Open Society Foundation, del magnate George Soros, que entre otras cosas ha financiado en nuestro país a la campaña para estatizar la marihuana. Al parecer, para algunos este sistema sirve si los beneficia a ellos, pero es horrible, si apoya a quien los enfrenta. Es interesante comparar lo que hace este tipo de fundaciones con lo que pasa del lado de quienes buscan demonizarlas.

Durante la década de gobiernos "de izquierda" en la región, el financiamiento generoso para sus grupos políticos afines vino de tres grandes lados. Hubo un fuerte aporte de los petrodólares venezolanos, que llegaron de formas tan transparentes como la valija de Antonini Wilson, o las ganancias exorbitantes obtenidas por comisionistas que tenían la llave política para poder exportar a ese mercado. Un aire, nada fresco.

También hubo mucho dinero proveniente de la corrupción política en Brasil, como se sabe ahora con todo el escándalo de la red Odebrecht. Algo que, sin dudas, tuvo mucho más que ver con la caída del PT que todo lo que pueda hacer Atlas en su vida. Por último, está el dinero que la sociedad de un país como Uruguay vuelca a su universidad pública. Ese dinero, extraído por la fuerza con impuestos a gente liberal o de izquierda por igual, ha financiado instituciones copadas por activistas políticos "de izquierda". Y cuya estructura es usada descaradamente para defender las visiones políticas más extremas y minoritarias. Los ejemplos abundan.

Resulta asombroso que quienes se han beneficiado de estas formas, realmente opacas, corruptas e inmorales de financiar proyectos ideológicos, pretendan juzgar a quienes hacen las cosas de otra manera.

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