Al que piensa distinto, lo echan

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La compleja interna del Partido Socialista es el símbolo más elocuente de la crisis que atraviesa todo el Frente Amplio.

Nuestro diario informó anteayer que en el 50º congreso de esa colectividad, su secretario general, el diputado Gonzalo Civila, fue respaldado por el 80% de los 550 delegados presentes. Esa fortaleza hacia adentro contrasta con la menguada votación hacia afuera. En los comicios, el PS viene mostrando un progresivo debilitamiento, debido a un posicionamiento ideológico cargado de marxismo ortodoxo, a contrapelo de lo que se puede esperar de una izquierda republicana.

Las corrientes que compiten en la interna del partido expresan esa dualidad: desde hace años hay una división entre ortodoxos y renovadores, que ha dado como resultado, por ejemplo, que el expresidente Tabaré Vázquez renunciara al mismo y que el reciente candidato a intendente Daniel Martínez no recibiera siquiera el apoyo de la colectividad en la que militó toda su vida.

Quienes peinan canas recordarán que ya en los años de la recuperación democrática, a partir de 1985, el partido fundado por Emilio Frugoni, donde brillaron personalidades de la talla de José Pedro Cardoso y Guillermo Chifflet, comenzaba a virar hacia una curiosa radicalización, en la que los más jóvenes coreaban la consigna “los socialistas somos marxistas y leninistas”. Resultó más que obvio que al darse esa transformación, los históricos que renegaban del totalitarismo migraron a otras corrientes de entonación socialdemócrata.

Y la situación actual es aún más obvia: ¿para qué votar a un partido que defiende las mismas ideas y procedimientos representados en otros dos sectores mucho más grandes e influyentes, como el MPP y el Partido Comunista?

Es lo que tiene arrimarse al extremismo: se puede terminar devorado por él.

Si faltaran pruebas, alcanza con enterarse qué pasó en ese 50º congreso, donde los persistentes “renovadores” se presentaron a través de dos listas separadas, logrando con ello un apoyo muy magro y, para peor, recibiendo una cruda respuesta a sus cuestionamientos a la línea de Civila. La crónica de El País consigna que cuando ellos criticaron la decisión de haber impulsado esa candidatura “muy minoritaria” a la presidencia del FA y la falta de “voluntad política” para evitar la renuncia de afiliados “con décadas en el PS”, recibieron de parte del presidente de Fucvam, Gustavo González, una respuesta tajante: “Si no les gusta esta dirección, váyanse”.

El proceso de radicalización del FA es un hecho consumado y, al que no está de acuerdo, lo echan. No es casual proviniendo de una ideología mesiánica, que siempre ha descreído del debate democrático.

Por esta frase es que decimos que la situación del PS es un claro símbolo de lo que está ocurriendo en el FA a todo nivel. Ya parecen haber pasado a mejor vida aquellos tiempos en que marxistas y socialdemócratas debatían en los comités de base, a veces muy duramente, aunque luego sumaran fuerzas en las elecciones. Ya nada parece quedar de esa tensión entre el equipo económico astorista del MEF y el mujiquista de la OPP. Hoy por hoy, el proceso de radicalización del FA es un hecho consumado y, al que no está de acuerdo, lo echan. No es casual proviniendo de una ideología mesiánica, que siempre ha descreído del debate democrático y que hoy ensaya penosas justificaciones de las dictaduras de Díaz-Canel, Ortega y Maduro, o invita al español Pablo Iglesias como si fuera un iluminado a quien vale la pena escuchar y acatar. Tampoco es casual que reclamen para nuestro país la aplicación de las mismas recetas fallidas que están fundiendo a la Argentina de Fernández y al Perú de Castillo.

Fue el mismo Gustavo González, este dirigente que envía a la Siberia a los discrepantes, quien dirigiera la pasada campaña contra la LUC, publicando mensajes con aquellas mentiras descaradas de que por culpa de la ley se echaría a los inquilinos de sus casas.

Han cooptado al FA con un discurso extremista que no ahorra en tergiversaciones y falsedades, sin comprender que el ciudadano común está muy lejos de comprarlas. Y con tan miope visión política, que les impide comprender la eficacia con que el gobierno ocupa, cada vez con más autoridad, un espacio de centro del espectro político.

Echan de sus filas a los centristas. Por algo en los últimos años, connotados frenteamplistas como Graciela Bianchi, Gonzalo Mujica y Darío Pérez se integraron a las filas del Partido Nacional, como lo hizo Conrado Ramos a las del Partido Independiente.

Vistos en términos puramente electorales, son errores que fortalecen a la coalición republicana. Pero en el análisis histórico, empobrecen el debate y, con ello, lesionan la singularidad democrática que tanto distingue a nuestro país en el mundo.

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