La realidad política argentina es una fuente inagotable de noticias, análisis y preocupaciones para quienes viven en el país y para quienes la miran desde el exterior. Entre la admiración por el extraordinario país y sus logros intelectuales, científicos, artísticos y arquitectónicos y la desazón por su regresión constante en los últimos setenta años, se ubica el analista que intenta entender al país vecino. Como uno de los países más ricos del mundo en las primeras décadas del siglo XX se las arregló para hacer las cosas tan mal a partir de la década de 1940 como para tener hoy un 40% de pobreza, una economía estancada hace una década y una de las inflaciones más altas del mundo, nos brinda un triste y prístino ejemplo de que los pueblos eligen su destino.
El gobierno actual de la Argentina es motivo de conmiseración en todo el planeta. Para comenzar tiene un presidente que al parecer no manda en su propio gabinete, en el que tiene ministros que no le responden y con los que no se habla y que cada vez que brinda una entrevista deja un video corto para despertar hilaridad en las redes sociales. Una vicepresidenta procesada por la Justicia a la que solo le preocupa cómo evitar la prisión y que vive entre el delirio persecutorio y los discursos incendiarios contra su propio gobierno. Y un panorama de dirigentes políticos que cuesta definir desde la racionalidad y la cordura, desde Aníbal Fernández a Axel Kicillof.
Ante este panorama, el desastroso desempeño durante la pandemia en que lograron el récord de haber aplicado una de las cuarentenas más duras del mundo junto a una cantidad inverosímil de personas fallecidas, la derrota electoral del gobierno parece decretada de antemano. Pero, como queriendo darle algo más de emoción a la contienda que se librará este año, los dirigentes del principal partido opositor se empeñan en pelearse entre ellos para que el triunfo no sea ni tan claro ni tan contundente. Cuesta creer, con todo lo que está en juego en Argentina, que por rencillas menores e intereses personales minúsculos se esté comprometiendo la suerte del país, cuya única posibilidad de recuperación pasa por una aplastante derrota del kirchnerismo en octubre y en noviembre.
El problema de esta semana estalló por la decisión del jefe de gobierno porteño, y precandidato presidencial Horacio Rodríguez Larreta, sobre la forma de realizar la elección de su sucesor, la que se entiende beneficia al candidato radical Martín Lousteau en detrimento del candidato del Pro Jorge Macri, primo del expresidente Mauricio Macri. Las declaraciones de Macri, Vidal y Patricia Bullrich luego de esta decisión fueron duras y en el día de ayer se realizó una reunión de la cúpula del partido en la que no participó Larreta, en que las críticas subieron de tono según los informes de prensa.
Más allá de la engorrosa discusión entre lo legal y lo político y quien tiene razón el asunto de fondo es que la dirigencia del Pro y Juntos por el Cambio tiene que estar a la altura del desafío histórico que enfrenta y no enfrascarse en disputas públicas por parcelas de poder, que es de los asuntos que más disgustan a la gente común que hoy enfrenta problemas que están muy lejos de los que se discuten los políticos.
Con estos enfrentamientos por temas personales, cuando hay tantas personas que la están pasando mal, se acentúa el clima de desprestigio de la actividad política, un verdadero peligro para la democracia, cuando a un lado hay un gobierno en funciones con personas procesadas por la Justicia y del otro un demagogo populista.
Si lo que está sucediendo pone contentos a Alberto Fernández y a Javier Milei, está claro que lo que están haciendo los dirigentes del macrismo es pegarse un tiro en el pie.
Argentina necesita un gobierno con un rumbo claro que restaure el Estado de Derecho y las instituciones de la República. Que proponga un programa de gobierno serio que enfrente los graves desequilibrios de la economía para que vuelva el crecimiento, la generación de empleo y se puedan reducir los vergonzosos indicadores de pobreza. Cuando se mira todo el espinel de la dirigencia opositora parece, como es habitual, que solo Ricardo López Murphy entiende el colosal desafío que tienen por delante y cómo pueden tener chance de abordarlo con éxito.
Argentina necesita un cambio político, cultural e institucional para volver a ser el gran país que fue y que puede volver a ser. A quienes pudiendo hacerlo no lo lleven adelante por mezquindades no los perdonará la historia.