40 años de una historia reciente

En estos días se cumplieron cuarenta años de una historia que no es ocioso rescatar, sobre todo para los jóvenes y la muchachada que no la vivieron y aun para los adultos que pudieron olvidarla. Precisamente en la mañana de un viernes 14 de abril de 1972 -como se ha dicho, un día negro y sangriento en la historia del país-, en el marco de una agitada acción sindical a cargo de la entonces CNT que se desplegó a lo largo de todo el año, pasadas la hora 10:00, desde la ventana de la Iglesia Evangélica Metodista ubicada en la calle San José y Barrios Amorín dos francotiradores tupamaros asesinaron al entonces Subsecretario del Ministerio del Interior Armando Acosta y Lara, resultando heridos su esposa y un custodia.

Los asesinos venían de haber matado, en la esquina de Rivera y Soca al Sub Comisario Óscar Delega Luzardo, a su chofer Agente Carlos Leites y al Agente Sagunto Goñi y unas horas más tarde, en Las Piedras, al Capitán de Corbeta Ernesto Motto. En la cuenta ya figuraban desde enero y entre otros, el Cadete de Policía Heber Washington Castiglioni Castro, que había ubicado un automóvil robado por ellos; el Inspector Rodolfo Leoncino, el Agente Juan Francisco Godoy González, el Oficial Juan M. Sánchez Molinari, los Agentes Segundo Fernández y Rosibel Do Canto, condenados por un "Tribunal del Pueblo" que llegó hasta publicar un aviso donde convocaba a "todos los revolucionarios a que hicieran efectiva la sentencia donde, cuando y como puedan". El 15 de abril, la Asamblea General del Poder Legislativo decretaría el Estado de Guerra Interno.

Por esos mismos días, matizados por una segunda fuga del penal de Punta Carretas, se habían consumado además unas serie de robos y asaltos como los perpetrados contra una serie de comercios ubicados en Fernández Crespo 2207, Colonia 1500, Gral. Flores 2278, Gonzalo Ramírez 1963 y en Gil 871, que les permitieron alimentar sus arcas, sin perjuicio de asaltos a un Cobrador de UTE y a otro del Sindicato Médico , el secuestro del fotógrafo Nelson Bardesio, del periodista Homero Fariña y del industrial Sergio Molaguero; este último a cargo de otro grupo terrorista (OPR 33, los mismos que robaron la bandera de los "33 Orientales") a quien cobraron quince millones de pesos por su libertad.

No muy lejos de allí, en la calle Juan Paullier Nº 1192 entre Charrúa y Canelones, que todavía se conserva como entonces, un par de mujeres hermanas, vigilaban la llamada Cárcel del Pueblo, un lugar sórdido y subterráneo, donde Ulises Pereyra Reverbel, Director de UTE y amigo personal de Jorge Pacheco Areco, Carlos Frick Davie y el embajador Británico Sir Geoffrey Jackson se habían mantenido secuestrados. Se ingresaba a la cárcel por un subterráneo de seis metros por tres donde se habían instalado tres celdas de tejido de alambre. Eran los tiempos en que ocupaba la Presidencia de la República un titular constitucionalmente electo, Juan María Bordaberry.

La simple retención y coordinación de las fechas sirve para reiterar que los tupamaros no aparecieron para combatir a un gobierno militar sino que por el contrario fueron los responsables de que el Parlamento aprobara la declaración de Estado de Guerra Interno y pusiera a los militares en la calle para enfrentarlos. El advenimiento del régimen militar surgió después cuando las fuerzas armadas se negaron a volver a sus cuarteles y resolvieron tomar el poder, el mismo poder que pretendían, pero fueron derrotados, los tupamaros. Un poder surgido de la fuerza y no de las urnas.

En momentos en que se machaca por mantener vivo un recuerdo del pasado, y se siguen descargando pedidos de perdón solo a una de las partes enfrentadas, habría que pedirle también perdón a los familiares de las víctimas de los que se alzaron contra el gobierno democrático. No sería inoportuno -también- habilitar esa Cárcel del Pueblo como lugar de visita, para que se viera las condiciones infrahumanas en que sobrevivían los prisioneros, en un itinerario donde debería incluirse aquel lugar de la Unión, donde apareció el cuerpo de Dan Mitrione, maniatado y asesinado de cuatro balazos a bordo de un viejo Buick por un grupo de terroristas que hoy desempeñan cargos de gobierno. Los detalles de toda esta historia no pueden perderse en el tiempo y conviene reiterarlos desde un ámbito distinto al que utilizan los sesgados historiadores oficialistas.

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