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Vanidad

Un Conejo Blanco | Montevideo
@|En la vida hay personas que se muestran con diversos perfiles, virtuosos o reprobables pero inherentes a su forma de ser, por lo cual, aunque no sea intencional hacer gala de ellos, siempre afloran para bien o para mal de la persona.

Eso es el “ser” de los humanos, su personalidad y socialmente se convive con ello en la vida cotidiana, mayormente sin importar. Pero cuando ese ser por su personalidad o por su actividad pública trasciende y se expone al juicio ciudadano, su personalidad pasa a tener otro rol de mucho mayor importancia.

Es en la política donde el carisma personal toma un papel preponderante a la hora de, en gobiernos democráticos, solicitar el apoyo ciudadano con el voto.

A medida que el “ser” político va creciendo en la consideración pública y alcanzando posiciones de poder, su personalidad se dimensiona exponencialmente y cada vez más queda expuesto a la consideración ciudadana. Entonces debe tomar conciencia de haber pasado a ser un integrante de la “elite” de la política de su país y por tanto a estar en exposición sus pensamientos, ambiciones y acciones.

La sociedad que piensa racionalmente (diferente a las masas populares que en muchos casos no son plenamente conscientes de su voto y son manejadas por factores ideológicos o prebendarios) observa entonces posturas, propuestas y actitudes de los políticos, para decidir el otorgamiento del voto. Y generalmente los cataloga como aptos o ineptos, duros o blandos, radicales o conciliadores, o como ahora se popularizó en estos días en la vecina Argentina “halcones o palomas’”. Y entonces define su voto en general respetando su propia ideología y en muchos casos considerando (del político) su carisma personal, su actividad pública y sus expectativas.

Personalmente, en mi larga trayectoria de votante (debido a mis años) he votado, a mi entender, racionalmente, analizando y decidiendo sin ataduras o preconceptos ideológicos, pero evitando visceralmente del político (parafraseando al genial dramaturgo checo, Milan Kundera) “la insoportable vanidad del ser”; dicho de otra forma, su soberbia. O ejemplarizando, nunca podría votar a Donald Trump, Vladimir Putin, Cristina F. de Kirchner o en nuestra menor escala a Carolina Cosse; no por animosidad, sino, tal vez, solamente por temor… a “la insoportable vanidad del ser”.

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