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Uruguay

Rodrigo Rial Serena | Montevideo
@|El país que funciona pero no arde.

Uruguay no castiga el talento. Lo educa para que no incomode.

Desde la infancia aprendemos una lección silenciosa pero persistente: no sobresalir demasiado, no desear demasiado, no pensar demasiado lejos. No por censura, sino por cultura. Se forman mentes oblicuas, funcionales, correctas. No personas creativas. No inconformes. El fuego se apaga temprano, con buenos modales.

Uruguay tiene talento. Mucho más del que se ve. El problema es que está adormecido. Y no es casualidad que algunos de nuestros mayores “eslóganes” no sean aspiracionales, sino estadísticas: suicidio, consumo de psicofármacos, depresión, ansiedad. No como excepción, sino como paisaje. Algo ahí está diciendo que el problema no es económico ni coyuntural. Es más profundo: la mutilación del deseo.

Cuando el deseo se apaga, la vida sigue funcionando. Se trabaja, se cumple, se sobrevive. Pero no se arde. Y una sociedad que no arde no crea, no empuja, no se expande: se administra.

Hace tiempo apagamos los focos de quienes querían hacer algo más. No con prohibiciones, sino con desaliento. Con trabas al que emprende, con castigos al que da trabajo, con un clima cultural que convierte la ambición en algo incómodo, casi moralmente reprochable. En Uruguay querer más suele leerse como arrogancia, no como impulso.

Por eso no sorprende que muchos de los que se animan a soñar un poco más de la mediocridad terminen marchándose. No siempre por dinero. Se van porque este no es un país que invite a pensar en grande, sino a moderarse. A encajar. A no desentonar.

Sabemos que algo va mal cuando la mayor aspiración de una generación entera es “conseguir un puestito en el Estado y acomodarse”. No es falta de capacidad. Es aprendizaje. Es el resultado lógico de una cultura que convirtió la estabilidad en valor supremo y el riesgo en una amenaza.

Antes se luchaba contra dictaduras, crisis brutales, enemigos claros. No idealizo ese pasado ni deseo repetirlo. Pero había algo nítido contra lo cual levantarse. Hoy el enemigo es difuso, invisible, interno: la comodidad sin propósito. Y si no hay nada por lo cual luchar, tampoco hay nada por lo cual esforzarse. Una sociedad que no encuentra su propia lucha se duerme de pie.

Uruguay no expulsa a sus inconformes. Los enfría. Los seda. Y cuando el deseo se seda, lo que queda no es paz: es apatía.

Uruguay todavía funciona. La pregunta es si todavía se atreve. Porque un país no vive solo de estabilidad. Vive de deseo. De tensión. De fuego. Y hoy, esa es nuestra deuda más profunda.

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