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Una falsa oposición

Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Resulta muy frecuente oír en estos días: “fue todo por el petróleo”; “en Irán es igual, quieren el petróleo iraní”; “son todos intereses económicos”. Quién así opina coloca todo el conglomerado de intereses materiales en el ámbito del mal. A su vez, se reserva el ámbito del “bien” para la libertad, los derechos humanos, la democracia, el estado de derecho, que en estos procesos (Venezuela, Irán, Cuba) no llegan a visualizarse con el protagonismo que esta visión les adjudica.

Esta oposición no es sólo maniquea, también es falsa. Decir que al mundo lo mueven los intereses es casi una obviedad. No hay nada malo en los intereses desde el momento que es a partir de su satisfacción que hemos progresado. Como decía Adam Smith: “No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero que esperamos nuestra cena, sino de la consideración a su propio interés”. Lo que resulta difícil de percibir es que la vigencia virtuosa de los derechos y categorías políticas mencionadas sólo tiene larga vida si operan en favor de los intereses materiales y caducan más temprano que tarde cuando ese correlato entre derechos e intereses no se verifica en la realidad. En suma: intereses y libertad van de la mano. El liberalismo, padre de la democracia, del estado de derecho, de la exigencia del respeto de los derechos individuales y de la limitación del atropello del poder absoluto surge como el modelo político institucional que optimiza el funcionamiento de la economía capitalista.

Para John Locke, la propiedad es la prolongación natural de la persona y su respeto constituye el fundamento normativo que hace realidad la vigencia de los otros derechos fundamentales: vida y libertad. Si la propiedad es avasallada se nos está arrebatando el fruto de nuestro trabajo, lo que nos conduce a la esclavitud. De allí en más, hasta la vida misma tenderá a ser vulnerada.

La restitución del petróleo venezolano a las compañías de los EE.UU. marca el necesario respeto al derecho de propiedad avasallado por el “exprópiese” chavista. Tras esta debida restitución, el desarrollo económico venezolano requerirá cuantiosas inversiones que refloten la alicaída industria petrolera venezolana. A esa cita concurre la petrolera Chevron, entre otras, manifestando reservas en cuanto a la estabilidad política y el marco legal que impera en el país. En consecuencia, la administración Trump aprieta el acelerador de la transición. La propiedad privada exige garantías y la mejor versión de ellas consiste en reinstaurar la democracia y el estado de derecho. Es casi una réplica contemporánea de la revolución industrial y el surgimiento del estado liberal, garantista de derechos y limitante del absoluto. Se liberan “a los presos por luchar” y una ley de amnistía empieza su trámite parlamentario. Se proyectan elecciones libres en un término de entre 18 a 24 meses.

Hasta la intervención americana, el cliente principal del petróleo venezolano fue China y la estrategia comercial quedó a cargo de Rusia e Irán. En la primera potencia nombrada rige un régimen de partido único y una autocracia y una teocracia respectivamente corresponden a la segunda y la tercera. En ellas el derecho de propiedad, si bien existente, está fuertemente subordinado al poder del estado. Su asociación con Venezuela no fue de carácter empresarial sino extractivo. Desde la instauración del régimen chavista la producción de petróleo venezolano se ha reducido a la tercera parte. Esas potencias no necesitaban libertad, sólo extraían el petróleo. No arriesgaron inversiones por lo que no necesitaron garantías más allá de la complicidad con los mandamases chavistas para depredar el recurso.

China no pretendía invertir sino cobrar deuda. La estrategia de las empresas americanas pasa por invertir 100 mil millones de dólares. Lo proyectan en atención a su legítimo interés y con la expectativa de generar ganancias en un marco de estabilidad política que brinde garantías. Con la dictadura chavista incólume ello no será posible. En suma: las inversiones, el interés económico que persiguen tienen muy mala prensa, pero presionan y exigen la transición.

Y la naturaleza del poder político tampoco es la misma cuando la ejerce un país (China) gobernado de hace décadas por una dictadura comunista que los EE.UU., cuna de la democracia y el estado de derecho. China trocó su proveedor de petróleo. Ahora es Irán en lugar de Venezuela. En consecuencia, los EE.UU. van también tras el petróleo iraní. Su propósito primario consiste en controlar el recurso, pero ya se han suspendido cientos de ejecuciones y ¿qué duda cabe?; de intervenir los EE.UU., una abyecta teocracia será sustituida por una monarquía constitucional o una república.

A partir de la necesaria acumulación de capital para producir bienes (Revolución Industrial, capitalismo) los intereses económicos constituyen una poderosa polea del desarrollo civilizatorio virtuoso en sí mismo, que al exigir respeto a la propiedad presiona a la vigencia de la libertad y el derecho.

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