Dr. Julio Cardozo Conde | Canelones
@|Que la Organización Mundial de la Salud ponga a Uruguay como ejemplo en la región, tras haberse implementado el “Sistema Nacional de Vigilancia para la Prevención del Suicidio”, es un lauro que no puede pasarse por alto.
El proyecto “ECHO” (Extension for Community Healthcare Outcomes), que ya funciona entre nosotros, ha previsto la capacitación de miles de profesionales, por parte de la Facultad de Medicina, que tienen el cometido de auxiliar a aquellas personas que, por los más diversos motivos, hayan decidido poner fin a sus vidas, así como a tantas otras que padecen alteraciones mentales.
En esto no somos los primeros, pero tenemos que jugar en las ligas mayores. Hasta ahora, no había más que una internación y el olvido de la víctima por parte del sistema.
Era obvio que no alcanzaba; la distribución de médicos en nuestro territorio no era equitativa. Uruguay llegaba tarde o no llegaba y ahora está llegando a tiempo. “ECHO” impone como característica fundamental la actuación rápida como eje de la capacitación.
En menos de cuarenta y ocho horas la persona debe tener una consulta clínica, repitiendo la misma siete días después. La idea es que el caso no se pierda, o sea, ni más ni menos, que la vida se resguarde.
Era hora de hacerlo. De acuerdo a las estadísticas, el 20% de los uruguayos padece alguna patología mental y muchas de ellas conllevan la idea de la autoeliminación, cuyas cifras son alarmantes para una densidad poblacional tan baja. Esto nos habla a las claras del enorme desafío que los responsables del proyecto tienen por delante.
La idea de descentralizar el conocimiento técnico para que la cobertura alcance a toda la sociedad, es digna de encomio.
El mundo que se nos viene no admite demoras de ninguna especie y menos si se trata de la vida humana.