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Un homenaje inmerecido

Ing. Qco. Gualberto Mato | Montevideo
@|Si bien la propuesta de homenajear nada menos que en el Parlamento a Raúl Sendic es un eslabón más de la estrategia izquierdista de romantizar la guerrilla, y continuar así generando un relato funcional a sus intereses políticos, la pretensión de rendir tributo al jefe tupamaro rebasa todos los límites de nuestra tolerancia.

No podemos tolerar que se haga apología de quien fue el jefe de una banda de delincuentes, y que sea el Parlamento el lugar elegido para hacerlo, la institución democrática por excelencia.

En nombre de las víctimas de esa infame banda guerrillera no podemos tolerar en silencio que se haga un homenaje precisamente al jefe de sus asesinos, con el agravante de que nunca, ninguno de ellos, tuvieron el coraje de pedir perdón a los familiares.

Fueron más de sesenta las víctimas de la guerrilla. Asesinados antes del 73, en democracia, y muchas de esas muertes nunca se aclararon

Hay quienes niegan la teoría de los dos demonios y afirman que sólo hubo terrorismo de Estado. Opino que no fue así; hubo también un terrorismo, llamémosle civil, responsable de muertes, robos y secuestros, con Sendic a la cabeza , el mismo a quien hoy nuestra izquierda, toda la izquierda, pretende homenajear.

En nombre de una “Patria para todos”, él y sus esbirros decidían quién vivía y quién no, así de simple. A esas víctimas se las trata de ocultar para sostener la credibilidad de un relato mentiroso largamente propalado por amplios sectores de la prensa y la academia, donde a los terroristas engañosamente se los llama luchadores sociales.

Hubo víctimas que cayeron acribilladas por balas que ni siquiera llevaban su muerte como objetivo; otros, por el contrario, fueron cuidadosamente escogidos, se los sentenció y se los ajustició sin más trámite, por haber enfrentado u obstaculizado la causa revolucionaria. Unos pocos, corrieron mejor suerte; solo los secuestraron durante meses.

Esas víctimas reclaman su olvidado lugar en esta triste historia reciente, pareciera que fueran culpables de su propia muerte. En su mayoría eran gente humilde, trabajadores, empleados de clase media, o bien soldados y policías venidos de quién sabe qué rincón del país buscando un modesto salario; pero hasta en eso discriminaron estos victimarios; para ellos hubo pobres de primera por quienes valía luchar y pobres de segunda a quienes se los podía matar.

Pascasio Báez es el recuerdo más cruel y representativo de toda esa barbarie.

Si no reconocemos que no hay víctimas buenas ni malas y seguimos aceptando el relato dominante como válido y aceptando estos homenajes inmerecidos, nunca alcanzaremos ese “estado del alma” del que hablaba Jorge Batlle.

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