Willian Izzi Rosa | Montevideo
@|Democracia, exilio y la esperanza del regreso.
La situación de Venezuela continúa interpelando a América Latina y al mundo. Un país atravesado por una profunda crisis institucional, con su presidente privado de libertad, y un pueblo que ha visto partir a millones de sus ciudadanos en busca de un futuro que su propia tierra no pudo garantizarles.
Detrás de cada persona que emigró hay una historia de dolor, de ruptura familiar y de desarraigo. Familias separadas, proyectos interrumpidos y una nostalgia que acompaña a quienes se vieron obligados a dejar su país. Cuando los principios democráticos se quiebran, la libertad se vuelve frágil y el exilio pasa a ser una pena prolongada en el tiempo.
La democracia, cuyo origen etimológico proviene del griego demos (pueblo) y kratos (poder), no es solo una forma de gobierno. Es, ante todo, el ejercicio real de la soberanía popular, el derecho de los pueblos a decidir su destino sin imposiciones ni temores. Cuando ese derecho es vulnerado, no solo se debilitan las instituciones: se resiente la vida cotidiana de millones de personas.
José Gervasio Artigas lo expresó con claridad y vigencia histórica al afirmar: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Una frase que resume el espíritu republicano y recuerda que todo poder legítimo nace del pueblo y se sostiene únicamente mientras respeten su voluntad.
Venezuela merece recuperar ese principio esencial. Merece que sus ciudadanos puedan elegir, expresarse y vivir sin miedo; que quienes se vieron forzados a emigrar puedan regresar a su tierra con dignidad, libertad y derechos plenos.
Porque un país verdaderamente libre es aquel donde la soberanía popular es respetada. Y no hay duda: un país libre es el que construye un pueblo feliz.