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Posturas peligrosas (2a. parte)

Nicolás Etcheverry Estrázulas | Montevideo
@|En el año 2000 Zygmunt Bauman lanzó por primera vez la expresión “Modernidad líquida” que describe con precisión la tendencia de muchas sociedades actuales a cambiar identidades y posturas con gran facilidad. A diferencia de la solidez, lo líquido va de unos extremos a otros, sin mayores resistencias ni externas ni internas. Es la mutabilidad permanente y a la vez, inmediata y vertiginosa. Es el bipolarismo individual de algunas personas expandido a un bipolarismo social y cultural. También podemos verlo con el idolatrismo: cuando las sociedades se cansan o aburren de sus ídolos, sean personas, ideales, consignas o actitudes, muy frecuentemente se pasan para el lado opuesto: enojo y desilusión primero e indiferencia después. El indiferentismo implica colocarse una coraza de indiferencia y despreocupación para que nada afecte a quien la lleva puesta. Es aplicar a rajatabla la frase “¿A mi qué me importa?”. Es la postura apática e indolente que procura demostrar “Esto no me incumbe, ya no es mi problema…”. Poner la mente debajo de la tierra como hace el avestruz para no querer ver la realidad que lo rodea. Esta actitud aplica también la frase “Pare de sufrir! Sea displicente e insensible y así será más feliz…!”. Utilizar estas recetas para procurar hacerse más fuerte, maduro, experiente y frío es un camino que toman varios individuos como también grupos sociales, pero a la corta o larga, los resultados no son los esperados. Quien siembra indiferencia cosecha indiferencia y ello es a veces más letal que padecer pasiones como el odio o el amor. Pues el amor o el odio al menos son sentimientos vivos, sensibles, que mueven y aguijonean a las personas, sin perjuicio de también poder pasar de un extremo al otro con sorprendente facilidad.

En cambio, el indiferentismo como actitud va matando poco a poco todo sentimiento, construyendo una coraza y una muralla alta e impenetrable, que aniquila las sanas relaciones humanas. El indiferentismo enfría hasta congelar los contactos humanos. No se ocupa del alter (el otro, próximo) y de los problemas ajenos porque no interesan, porque complican la existencia y porque hacen sufrir. “Ya sufrí suficientemente” expresa el indiferente, “y ya no me conviene ni interesa seguir sufriendo ni compadecerme por nada”. La costra dura, encallecida, de la mente y de los sentimientos, impide nuevos dolores. El indiferentismo se eleva como bastión inexpugnable, pero a la vez se aísla de todo lo que lo puede afectar, dejándolo apartado de toda relación humana perdurable.

Como herramienta complementaria el indiferentismo busca una alianza con su hermano cercano, el relativismo, para poder ir juntos por el mundo, asidos de la mano, procurando con ironía y cinismo destruir todo lo que se les cruce por delante. Entonces, a la frase “Nada me importa mucho” se le agrega la siguiente: “Todo es relativo”. Pero ello supone una contradicción: pues si todo es relativo, habría que aceptar que es relativo que todo es relativo. Y si es relativo que todo es relativo, ¡debería ser relativo que es relativo que todo es relativo…! La expresión nos va sumergiendo en un espiral sin fondo y sin límites del cual no se puede salir. Por ello, Benedicto XVI comenzó a referirse a la dictadura del relativismo, como postura que pretende imponer ese todo como si fuera la verdad única y absoluta. Entonces, la verdad del relativismo pasaría a ser la única verdad aceptable y por tanto imponible y obligatoria. En síntesis, habría que reconocer, aceptar y claudicar ante ese relativismo totalitario.

Otra cosa muy diferente es afirmar que todo es en relación, porque ello implica que se comparan dos cosas entre sí, pero partiendo de la base que hay un instrumento, un parámetro común para medirlas. Y ese instrumento de medición precisa ser universal, objetivo, aceptado genéricamente. Entonces sí, una cosa puede ser mejor o más grande en relación con otra, según las circunstancias, el lugar y el tiempo.

¿Es aconsejable ir de la mano con el indiferentismo o con el relativismo? Juntos o separados, no llevan a buenos destinos. Todos precisamos puntos firmes de apoyo y de partida para darle mayor y mejor sentido a nuestras vidas. Son y seguirán siendo los valores y principios por los que muchas generaciones anteriores a la nuestra se jugaron la vida: el bien, la verdad, la belleza, la justicia, la libertad, la paz. No son palabras vacías, relativas, ni inconexas. Ni pueden dejarnos indiferentes. Y no conviene jugar con ellas.

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