Dr. Jorge W. Álvarez | Montevideo
@| El anuncio que Lacalle Pou hablaría en público apareció inicialmente en pocas líneas en la información de los medios. De a poco, se fue creando una expectativa generalizada y contagiosa, a tal punto, que abundaron las incógnitas sobre qué cosas diría el orador, tal como si fuera portador de un mensaje divino al estilo de aquel español genial que escribió “La tournée de Dios”.
Y llegó el día tan ansiado. Lacalle Pou se hizo presente en la plaza Matriz y después de superar el acoso de la gente que en multitud se apretujaba por sacarse los famosos selfis (ver Rae), subió al estrado y habló.
Un discurso breve, límpido y auténtico, sin alusiones políticas ni personales, fue más una explosión de un estado espiritual sereno, imbuido de referencias éticas y del ánimo constructivo propios de su temperamento político. Es decir, el Lacalle Pou que todos conocemos.
Al día siguiente hubo suspiros de alivio. Los pronósticos agoreros que circulaban en los mentideros políticos fallaron. En su lugar, los politólogos hicieron su aparición con interpretaciones más o menos místicas, hablando de “mensajes encriptados”, “qué había detrás de las palabras del orador” y otras infamias semiológicas por el estilo. Por contera, los halagos vinieron más de parte del oficialismo, que también suspiró aliviado, que de los propios correligionarios.
Colocado repentinamente en el pináculo de la expectativa política nacional, Lacalle Pou estará disfrutando con razón de encontrarse en el centro de la atención pública, después del largo silencio que mantuvo desde que dejó la presidencia. La cual encontrará, ahora, más cerca de lo que podría imaginar.