Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Y la estafa de la indiferencia.
La muerte de un uruguayo por hipotermia en Flor de Maroñas, justificada por las autoridades bajo el frío argumento de que la víctima “no estaba mapeada”, es mucho más que una falla de radar o un error de cálculo logístico del Sinae o del Mides; es la radiografía exacta de un Uruguay fracturado en dos realidades obscenamente distantes: un país rico, generoso y de billetera abierta para financiar los privilegios de su clase política, y un país pobre, periférico y condenado a la indigencia y a la pobreza extrema.
El contraste es moralmente insostenible. Mientras el gasto político se ramifica de forma discrecional en sueldos públicos de privilegio, viáticos para viajes oficiales que pocas veces rinden cuentas y fiestas de inauguración o conmemoración que se pagan con el esfuerzo del contribuyente, hay compatriotas cuya única meta diaria es estirar la supervivencia doce horas más.
El Estado uruguayo está parado, literalmente, sobre la espalda de las personas en situación de calle; los recursos que deberían blindar soluciones definitivas (como planes habitacionales serios, infraestructura de salud mental y centros de tratamiento de adicciones en los barrios más vulnerables) se licúan en la burocracia y el confort de quienes habitan los despachos oficiales.
Aquí radica la responsabilidad directa, con nombre y apellido, del gobierno actual: no se trata solo de un problema de gestión heredado o de la fatalidad del invierno; se trata de una estafa programática.
Quienes hoy gobiernan llegaron al poder con promesas escritas, con un programa de gobierno que hoy se revela como una mentira flagrante al referirse a la pobreza. Prometieron soluciones de fondo, aseguraron que la vulnerabilidad social sería prioridad y que se terminaría el despilfarro, todo quedó en el papel. La crudeza de la realidad demolió el relato oficial, la pobreza no se combate con eslóganes de campaña mientras la realidad en las calles empeora a la vista de todos.
La desconexión es total, a las autoridades no les tiembla el pulso para firmar autorizaciones de viajes en primera clase, misiones oficiales estériles y viáticos internacionales en dólares, mientras a pocos kilómetros de la Torre Ejecutiva, en la periferia olvidada, un ciudadano muere congelado porque el Estado es incapaz de poner un vehículo a recorrer el barro de un barrio marginado.
Es un insulto a la decencia pública viajar con la comodidad del primer mundo pagado por los contribuyentes, mientras se gestiona la miseria del tercer mundo con parches tercermundistas. Uruguay ha desarrollado una paradoja perversa, es un país exorbitantemente rico para ser político, pero asfixiantemente miserable para quienes caen del sistema.
El verdadero peligro, sin embargo, no está solo en la inoperancia y la falta de ética de las oficinas públicas, sino en el síntoma social que esto provoca; nos hemos convertido en una sociedad anestesiada.
El paisaje urbano de Montevideo y sus periferias se ha habituado a la postal de la indigencia, ver a cientos de personas durmiendo entre cartones, revolviendo contenedores o deambulando sin rumbo ya no altera el pulso de la rutina diaria. La repetición de la tragedia ha normalizado el horror; la indignación dura lo que dura la noticia de un informativo o el invierno polar; luego, la conciencia colectiva se acalla asumiendo que el desamparo es parte del paisaje natural de la crisis.
Cada peso público que se desvía de la urgencia social para alimentar la suntuosidad de la actividad política y los lujos de una casta que viaja en primera clase es una traición al contrato social uruguayo; no se puede seguir administrando la miseria con discursos de compasión estacional y promesas de campaña rotas. Mientras el gobierno mantenga su burbuja de privilegios y sostenga la mentira de sus planes sociales sobre los cadáveres de la periferia, las muertes por frío no serán accidentes geográficos ni fallas de mapeo, serán la consecuencia directa de una gestión que decidió dónde poner sus riquezas y a quiénes condenar al olvido absoluto.