Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|En Uruguay toda actividad que prospera tiene o ha tenido importantes beneficios impositivos. Así pasó con las zonas francas, con la forestación, con la vivienda de interés social, con las grandes construcciones, con los proyectos turísticos, con los contratos PPP y CREMAF, con las inversiones promovidas (COMAP), etc.
Podemos extraer de ello dos conclusiones: 1) en Uruguay no falta capacidad emprendedora y 2) el peso del Estado es demasiado importante; apenas se lo retira o disminuye aparece el desarrollo económico.
Siendo así, la mejor manifestación de la “sensibilidad social” a que puede aspirar un gobernante es a combatir el flagelo de la inflación que orada el poder adquisitivo del salario y que cuando se dispara compromete el funcionamiento de la economía en su conjunto. Y combatir la inflación sanamente implica el logro del equilibrio fiscal.
El otro modelo, de permisivo despilfarro, que recurre sistemáticamente al aumento de la deuda para financiarlo, no constituye un combate genuino a la inflación desde el momento que aumenta el gasto por los mayores intereses a futuro y genera el odiado atraso cambiario que, en los hechos, se comporta como un cuasi tributo que la sociedad toda le impone al sector exportador (nada menos). Otro freno para el desarrollo.
Toda otra expresión de “sensibilidad social” implica más impuestos y por lo tanto fortalece el freno. Acotemos al pasar, que no hay sensibilidad social más virtuosa que la que propende al propio desarrollo económico, ya que éste mejora consistentemente todos los indicadores sociales: empleo, salario, cobertura social, etc.
Toda otra expresión de “sensibilidad social” implica adoptar las banderas del adversario.
Un adversario que cuando no se pronuncia claramente en contra de una reforma constitucional promovida desde la irresponsabilidad de la antipatria, da un paso importante para empezar a ser considerado enemigo.
Y es imposible ganar una guerra vistiendo a nuestra tropa con el uniforme del enemigo, levantando sus banderas y entonando su himno. Travestirse, puede generar cierta confusión, e incluso, alcanzar la victoria en alguna escaramuza electoral.
Es importante ganar elecciones para cerrarle el paso del poder a un adversario que sueña con enquistarse en él. Pero las victorias deben alcanzarse desde nuestra identidad. De lo contrario contribuimos a descaecer la política, a desmerecer la divisa y caer en la trampa de las promesas que no se pueden cumplir. Es aquello de que por ganar una batalla se pierde la guerra.
¿Qué guerra? La guerra de las ideas, la guerra pisco-política a la que nos reta la izquierda. Pensadores tan distantes como Gramsci y Von Mises, Keynes y Hayek, Pablo Iglesias y Milton Friedman están de acuerdo en que las sociedades conforman su vida material en función de los valores culturales y de la conciencia social que adopta el mayor número.
El consuetudinario atraso latinoamericano está hoy ligado a un imaginario colectivista que ha conquistado la conciencia social. Ya sabemos que no hay desarrollo posible en el colectivismo, por lo que nuestra gente se debate en un sistema capitalista que le han enseñado a odiar, pero que no tiene alternativa viable.
Con los gobernantes que se han dejado colonizar por esa hegemonía pasa otro tanto y contribuyen con su conducción a la disfunción del sistema.
Nuestras sociedades quedan así entrampadas en el estancamiento (crecimiento enano) y sometidas cíclicamente a grandes crisis de dolorosos ajustes. Si la guerra se pierde, por mejor dotados de riquezas naturales que estén nuestros países, el proceso desemboca en el descalabro económico, el autoritarismo político y la crisis social.