Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|¿Qué queremos los uruguayos?
Hay una vieja máxima implícita en el ADN oriental: ante tres uruguayos reunidos, siempre habrá cuatro opiniones macroeconómicas, cinco tácticas para la selección y seis recetas infalibles para salvar la seguridad social.
Somos, por definición, un país de asambleístas ilustrados, un pueblo con una natalidad alarmantemente baja; una “especie en extinción” que empieza a ser rescatada por nuevas corrientes migratorias que refrescan nuestras calles, pero con una sobrepoblación crónica de directores técnicos, politólogos y constitucionalistas de boliche.
Hoy, esa fisonomía intelectual nos sitúa ante una encrucijada que roza el absurdo y expone nuestra contradicción más profunda.
Asistimos al choque de dos grandes corrientes que pretenden moldear el futuro: la urgencia de achicar el Estado para dinamizar una economía históricamente pesada, y la tentación cíclica de reformar la Constitución para blindar derechos, corporativismos o utopías.
Y es aquí donde emerge la gran paradoja uruguaya: exigimos a viva voz un Estado ágil, que no asfixie la actividad privada, que desregule y que deje de ser un peso de plomo sobre el hombro de los que producen; pero, al mismo tiempo, corremos con desesperación a redactar una Constitución hiper-reguladora que legisle hasta el más mínimo detalle de la vida cotidiana.
Queremos la libertad del mercado, pero con el cinturón de seguridad que da la ley escrita; queremos dinamismo, pero nos aterra la intemperie.
¿Qué es lo que realmente queremos los uruguayos?
La respuesta no está en los extremos, sino en un ejercicio urgente de sentido común; modificar la Carta Magna no puede ser el deporte nacional de cada ciclo electoral. Reformar requiere inteligencia, templanza y, sobre todo, la honestidad intelectual de admitir que los problemas de gestión no se solucionan cambiando renglones en un texto sagrado.
Un papel no crea riqueza, ni baja el costo de vida, ni vuelve eficiente a un ministerio por el solo hecho de ser aprobado en un plebiscito.
El verdadero desafío de este Uruguay que cambia de piel no es hiper-regular el futuro por miedo a perder el pasado; es entender que un Estado moderno no se mide por su tamaño, sino por su musculatura, debe ser lo suficientemente liviano para no estorbar, pero lo suficientemente firme para garantizar la equidad.
Si vamos a rediseñar las reglas de juego, hagámoslo con los pies en la tierra, menos soberbia de sabelotodos, menos fetiche por la ley escrita, y más audacia para construir un país donde quepan el dinamismo que exige el siglo XXI y la certeza que siempre nos dio identidad.
Al final del día, la inteligencia no radica en escribir la Constitución más larga del mundo, sino en tener el sentido común necesario para poder cumplirla.