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La historia no puede callarse

Eduardo Sellanes Iglesias | Montevideo
@|Hay palabras que se las lleva el tiempo. Otras obligan a volver la mirada sobre la historia. Las recientes declaraciones del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, al recordar la Guerra de la Triple Alianza para fundamentar el fortalecimiento del poder militar de su país, invitan a reflexionar sobre una de las mayores tragedias de América del Sur.

La historia debe servir para construir el futuro, nunca para justificar el crecimiento armamentista. La Guerra de la Triple Alianza, librada entre 1864 y 1870, enfrentó al Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay. Cinco años de guerra dejaron al Paraguay devastado. Murió una parte enorme de su población, su economía quedó destruida y una herida que, más de siglo y medio después, continúa abierta. Pero esa tragedia no comenzó con la invasión paraguaya al Brasil.

Antes, el Imperio del Brasil había intervenido militarmente en el Uruguay apoyando la revolución encabezada por Venancio Flores contra el gobierno constitucional de Atanasio Aguirre. Aquella intervención encontró su símbolo en la Heroica Paysandú. Leandro Gómez y un puñado de orientales resistieron hasta el límite frente a fuerzas inmensamente superiores. Sabían que probablemente perderían la batalla. Permanecieron porque entendían que la dignidad de una nación también se defiende cuando la derrota parece inevitable. Paysandú cayó. Su ejemplo, jamás.

Recordar únicamente la invasión paraguaya e ignorar los hechos que la precedieron es contar una historia incompleta. Y la historia contada a medias nunca hace justicia. Las naciones tienen derecho a defender su soberanía. Lo que no deberían hacer es recurrir a las tragedias del pasado para justificar las decisiones del presente.

La memoria no fue creada para alimentar resentimientos. Fue creada para impedir que los pueblos vuelvan a cometer los mismos errores.

La historia no fue escrita para justificar el crecimiento armamentista. Fue escrita para recordar el precio que pagan los pueblos cuando la política fracasa. Quien olvida esa lección corre el riesgo de volver a escribir la historia con sangre.

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