José Pedro Traibel Oribe | Montevideo
@|Por democracia elegimos, pero el sillón no lo convierte en líder.
La Persona y la investidura que se ocupa son inseparables. No alcanza simplemente con acceder a un cargo, resulta fundamental que quien lo ejerce encaje plenamente en la responsabilidad, la representación y la dimensión simbólica que ese lugar exige. Debe existir coherencia entre la magnitud del cargo y las cualidades de quien lo ocupa.
Esta exigencia adquiere una relevancia aún mayor cuando se trata de cargos públicos electivos como la conducción de un país, la integración de un parlamento, la dirección de un ministerio o la representación diplomática de un Estado. Allí no hablamos de responsabilidades privadas o individuales, sino de funciones sometidas permanentemente al juicio de toda una sociedad, de la prensa, de la oposición política y también de la observación internacional.
Quien ocupa una alta jerarquía debe transmitir seguridad, autoridad, responsabilidad, criterio, ética, palabra confiable y capacidad de mando. Y esto no se limita únicamente a sus decisiones de gobierno, también se refleja en su presencia, en su lenguaje corporal, en su conducta cotidiana y en cada declaración pública o privada. Todo comunica. Todo proyecta una imagen. Y esa imagen impacta positiva o negativamente en millones de personas.
Los cargos importantes no son simples puestos administrativos. Representan instituciones, generan confianza o desconfianza, orden o incertidumbre, respeto o deterioro. Los destinos de una nación, una economía, de una empresa, de una organización humana o incluso de todos los ciudadanos dependen muchas veces de la percepción que genera quien conduce.
La historia siempre observa. Registra cada gesto, cada palabra y cada decisión, construyendo con el tiempo el relato de una época. No es casualidad que antiguamente, cuando las monarquías gobernaban, los futuros soberanos fueran preparados desde la infancia para asumir semejante responsabilidad.
Hoy vivimos en democracia, y es el sufragio universal quien define quién gobierna. Ese voto es libre y responde al criterio de cada ciudadano, pero conviene recordar algo fundamental, la democracia garantiza la elección de la mayoría, aunque eso no significa necesariamente la elección del mejor.
En tiempos donde las técnicas de comunicación y el marketing político han alcanzado niveles extraordinarios de sofisticación, muchas veces se construyen líderes artificiales, cuidadosamente diseñados para resultar atractivos electoralmente, aunque detrás de esa construcción exista una enorme distancia entre la imagen vendida y la verdadera capacidad de la persona.
Así terminamos, en ocasiones, eligiendo dirigentes que no encajan en la dimensión del cargo que ocupan. Pero allí aparece una verdad que muchas veces evitamos reconocer, la responsabilidad no termina en quien gobierna, sino que comienza en quienes lo eligieron.
La calidad de una democracia depende en gran medida de la calidad cívica de sus ciudadanos. La preparación cultural, la educación, la formación ética, el sentido común y la capacidad de analizar críticamente son herramientas indispensables para ejercer un voto verdaderamente libre, racional y responsable, alejado de manipulaciones externas, promesas vacías o construcciones artificiales de imagen.
Debemos recordar siempre que somos nosotros quienes colocamos ese sobre dentro de la urna. En ese instante aparentemente simple estamos tomando una de las decisiones más trascendentes para nuestro futuro inmediato, porque estamos definiendo quién administrará nuestros recursos, qué rumbo tendrá nuestro país y bajo qué tipo de conducción viviremos durante los próximos cinco años.
Elegir no es solamente un derecho: es un acto de enorme responsabilidad moral y social. Porque cuando el ciudadano vota sin informarse, sin reflexionar o dejándose llevar por apariencias cuidadosamente construidas, termina entregando el destino colectivo a personas que muchas veces fueron elegidas por lo que aparentaban ser y no por lo que verdaderamente eran.
La democracia nos da libertad para elegir. Pero esa libertad solo tiene verdadero valor cuando se ejerce con responsabilidad, conciencia y criterio. De lo contrario, no elegimos nuestro futuro, simplemente legitimamos lo que otros decidieron por nosotros.