María Laura Pérez, Licenciada en Educación, Profesora de Filosofía, Psicología y Pedagogía
@|Estamos asistiendo a un panorama cultural que se ha ido gestando gradualmente. Ello, equivale a decir que se ha convertido el placer como objetivo de la vida.
Esta situación responde a una larga historia, que se gesta en el s. XX, con el desencanto de las ideologías que prometían un progreso indefinido y un mundo feliz, con el levantamiento de jóvenes enfrentando a la autoridad y a las reglas sociales, con la influencia de la mass media y la entronización de la imagen sobre la palabra.
Es así que, la vida cotidiana de muchos, está orientada a lo rápido, eficaz y placentero. Todo ello, enmarcado en una cultura materialista que promueve lo sensorial y que deja de lado lo psíquico y espiritual del ser humano; dimensiones éstas que diferencian al ser humano de los otros seres vivos. Esto último, se refiere explícitamente a la capacidad de razonar, elegir libremente y conocer los propios estados afectivos.
En este escenario, se plantea la importancia –en la educación sexual y afectiva de los menores- de integrar todas las dimensiones del ser humano: cuerpo (sexuado como mujer o varón), psiquis y espíritu. Aclaremos que la educación es una ayuda para el mejoramiento de las capacidades de cada uno, y guiar la sexualidad, es orientar el impulso sexual hacia el amor.
Por eso, es preciso atender a las características propias de cada etapa de la vida, como son la niñez, la pubertad y la adolescencia. Etapas en las cuales es posible educar al ser humano en desarrollo, para conseguir su propia identidad.
Podríamos afirmar -sintéticamente- que en la niñez temprana el bebé, necesita mayormente de atención y cariño, que le provea vínculos afectivos que generen confianza y seguridad, en los demás y en sí mismo. Esto se realiza a través del lenguaje y miradas afectivas y además del contacto físico. Recordemos que en esta etapa, el niño pequeño demuestra sus estados anímicos por la risa y por el llanto.
Si no existieran estos comportamientos por parte de los adultos a su cargo, el niño sufre depravación afectiva, base para futuras patologías psicológicas.
El niño, en etapa preescolar y escolar, de a poco puede ir entendiendo conceptos. Por lo que, una comunicación verbal –primero a través de imágenes, juegos y luego por medio del diálogo sencillo, claro y basado en ejemplos- logra ir captando temas importantes. Es necesario, entonces, charlar sobre nociones del cuidado de su persona, las relaciones afectivas, la familia, los amigos, los peligros que acechan contra su integridad física, psíquica y moral. Es preciso, hablar claramente -desde la confianza- sobre lo que significa la sexualidad y la afectividad. En definitiva, cómo manejar la relación entre la razón, la voluntad, la afectividad y el cuerpo.
La etapa de la pubertad presenta desafíos, ya que se unen el desarrollo físico –hormonal y neuronal-, la aparición del impulso sexual, la incipiente separación temporaria con los padres, la cultura hedonista – situada en el placer corpóreo – y su grupo de pares como familia sustituta y apoyo en el desarrollo de su personalidad.
Respondiendo a los cambios neuronales -en donde el cerebro se prepara para la adultez y comienzan a desaparecer rasgos propios de la infancia-, el púber se vuelve inestable, impulsivo, con emociones cambiantes e intensas, inconsciente de los riesgos y enfrentado a la autoridad adulta. Mientras que el adolescente y el joven, buscan su propio Yo, tomando del exterior conductas y pensamientos de adultos referentes.
En el caso de que éstos últimos no estén o haya adultos que imiten modos de ser adolescentes, el sujeto no tendrá testimonios experimentados en la vida y se seguirá cobijando en su grupo de pares, imitando los lineamientos de los líderes de tales grupos.
Los recursos para los padres o quienes se han hecho cargo de la educación de púberes y adolescentes son: empatía y escucha de sus vivencias para dar criterios correctos (por ejemplo referido a la ingesta de alcohol, drogas y sexo promiscuo), preguntas y repreguntas para desplegar un razonamiento fundamentado en la realidad de sus acciones y sus consecuencias. Y, ante todo, es imperioso el afecto que acompaña e este devenir complicado que atraviesa el joven.
Por último, se debe educar desde el amor y enseñar a amar. Como deseo de estar con el otro y darle lo mejor de sí, para la felicidad mutua.
Los suicidios, las depresiones cada vez más vastas, el sinsentido de la vida de muchos jóvenes refieren a una falta de amor y a una crisis del amor. Los bienes materiales no llenan el corazón, sólo los vínculos afectivos.