@|El fútbol es fuente de motivación pública en nuestro país. Hemos vivido “celestitis aguda” en los últimos dos a tres meses.
¡Así vimos cómo se nos pretendía vender un televisor que si nuestra selección salía campeona en el Mundial de Rusia no nos costaba un solo peso!
De repente, nos hicieron olvidar del paupérrimo fútbol que vivimos en nuestro país y nos vendieron la idea de que podíamos ser de nuevo campeones mundiales. Se vendieron miles de banderitas de Uruguay, se consumieron horas de programación televisiva dedicados al Mundial de Rusia, en un esfuerzo de producción que por un instante nos apartó de los teleteatros turcos, argentinos o brasileños. Nos enseñaron que bar ahora se escribe con “uve” o “v corta” como se le llamaba antes y que es un lugar donde son capaces de sacarle la radiografía a un jugador para decidir si actuó con “mala leche” o para definir si las cualidades histriónicas de otro determinen si fue penal o una actuación para el “Oscar”.
Nos hablaron hasta el hartazgo de “el proceso”. Algo que sin duda se basa en su método, dedicación y trabajo. Pero que se destaca en nuestro país, por ser algo inusual, hasta contrario a la idiosincrasia de los últimos tiempos. En 1950 y 1954 cuando se ganó el Mundial de Brasil y luego se perdió contra Hungría en semifinales, era algo natural competir contra los mejores equipos y tener jugadores estrella en diversos ámbitos. Es de resaltar la mesura del Director Técnico cuando era entrevistado y se pretendía endiosar a los jugadores del plantel, expresaba que lo que hacían era competir – en la medida de sus posibilidades – con otras selecciones con infinitos mayores recursos, no siempre bien aprovechados.
Por otra parte, nos ha tocado vivir otro “proceso”: el de un partido político gobernando nuestro país durante tres períodos consecutivos con mayorías parlamentarias absolutas, algo único y sin antecedentes. La promesa de “sacudir las raíces de los árboles” se limitó al efecto de algún tornado. Sin embargo, se dedicaron a crear nuevos ministerios, cargos de confianza y empleos públicos para atender la demanda insaciable de poder de sus correligionarios. Desaprovecharon la oportunidad de hacer las obras de infraestructura que el país necesita cuando los precios de los productos agrícolas que exporta el Uruguay estaban por las nubes. En su lugar, se empeñaron en proyectos utópicos, basados en desvariadas ideas de los años 60 de los tupamaros. ¿Qué tenemos ahora?: déficit fiscal insostenible, deuda externa creciente, reclamos sindicales por promesas electorales incumplidas y un poder ejecutivo vacilante…