Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Jamás Hamás, porque aún en el campo del conflicto humano desatado en toda su violencia, no existe otro adverbio de negación que represente mejor nuestro rechazo y no pueden ser de recibo los condicionamientos o relativismos cuya aplicación convierte en cómplice de lo incalificable a quién los aplica.
Desde luego que lo anterior viene a cuento de las declaraciones que, con motivo del pogromo perpetrado recientemente por la organización terrorista palestina, emitieron el Partido Comunista Uruguayo y sus satélites político culturales (la UDELAR, el Pit Cnt y en general toda esa otra izquierda que se encuentra tan lejos de practicar la independencia con que se autodesigna).
Desde luego que estamos ante una perla más de un largo collar, desde siempre reñido con los derechos humanos, tal como a este respecto se presenta la historia del comunismo.
Pero existe un concepto errado que desarrollan algunos críticos de estas declaraciones. Los comunistas no son antisemitas, son antioccidentales que es algo bastante más amplio que el antisemitismo.
El comunismo original no fue racista sino anticapitalista. Cuando en 1947 la ONU, con el voto favorable de Uruguay y de la URSS entre otros, aprobó la fundación del Estado de Israel, el joven Canciller Andréi Gromiko, pronunció un entusiasta discurso en favor de su creación y la URSS fue el primer país en reconocer al novel Estado.
Lo que allí se estaba jugando era la hegemonía socialista en el planeta y como consecuencia subsidiaria de ese objetivo, se pretendía también atacar el domino occidental (Gran Bretaña) en la región. Debemos tener presente que “el kibutz” aparecía por entonces como una forma socialista de producción.
Desde luego que el kibutz en su versión colectivista fracasó (como toda forma de socialismo hasta el presente) y para seguir subsistiendo con éxito, debió adaptarse a las formas capitalistas de producción.
Surge pues con claridad que el comunismo del fin de la primera mitad del siglo XX era antes que nada anticapitalista. Los estados, las razas, las religiones, no eran para el marxismo sino expresiones de la superestructura que venían determinadas por la economía.
En este orden de ideas, el antioccidentalismo, el antiamericanismo, el rechazo a la tradición judeo – cristiana, propios del comunismo, eran posiciones derivadas y subsidiarias de su anticapitalismo.
El derrumbe socialista ha hecho que la izquierda no tenga más remedio que tolerar el capitalismo, pero como rémora de lo que fue su ideología, subsisten los factores identitarios antioccidentales. Este fenómeno, la lleva a buscar alianzas o solidarizarse con estados y organizaciones teocráticas (Irán, Hamás) o dictaduras supremacistas de derecha (Putin y el paneslavismo). Siendo así, la lógica de la historia está ubicando a una doctrina falaz desde sus orígenes en el furgón de cola de la civilización.