Futurista | Montevideo
@|Durante décadas se nos ha presentado la integración regional como un objetivo incuestionable. Parecería que pertenecer a un bloque constituye, por sí solo, una garantía de desarrollo. Sin embargo, la integración no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio del bienestar ciudadano. Y como tal, debe evaluarse por sus resultados.
Incluso en Europa, el modelo más avanzado del mundo, surgieron grietas que derivaron en el Brexit. En nuestra región, el balance del Mercosur sigue en debate. Si bien estimuló el comercio vecinal y fortaleció lazos políticos, persisten barreras, burocracia y una evidente rigidez para adaptarse a un comercio global que hoy exige acuerdos dinámicos.
Para una economía pequeña y abierta como la de Uruguay, acceder a mercados amplios es vital. Pero también lo es contar con la flexibilidad necesaria para aprovechar oportunidades globales, sin quedar condicionados por agendas e intereses ajenos.
Ha llegado el momento de promover una evaluación técnica y pragmática de los procesos de integración. No se trata de abandonar la cooperación, sino de preguntarnos si los instrumentos vigentes responden a los desafíos actuales: crecimiento, empleo y competitividad. Las políticas públicas deben medirse por los resultados que generan hoy, no por las expectativas que despertaron hace tres décadas.