Néstor Lioret | Montevideo
@|Mi amigo, el viajado, me llamó desde Creta y, mientras degustaba su tsikoudia, una especie de grappa aristocrática, me mostró unas ruinas que, tengo que creerle, pertenecieron al laberinto donde encerraron al Minotauro. Inspirado por la bebida y el espíritu de la isla, volvió a atraparme en una de sus habituales trampas dialécticas en las que todavía caigo.
El hecho es que ya conocía el proyecto de la Vicepresidente de la República y su afición por obras monumentales, como el Antel Arena, que pagaremos puntualmente apenas sepamos cuánto costó realmente. Entonces comparó el proyecto, al que sugirió bautizar “Casa del Pueblo”, traducción del rumano “Casa Poporului”, con el gigantesco palacio levantado por el mandamás Ceaucescu, visible incluso desde el espacio.
Quizás no sea una mala idea construir un gigantesco laberinto donde enviar a nuestros minotauros vernáculos. Y recordando a Borges: “No habrá nunca una puerta. Estás adentro y el alcázar abarca el universo”.