Lucas A. Fraga | Montevideo
@|En el programa Santo y Seña siguen desfilando estafadores ante las cámaras.
Es evidente el proceder común de estos delincuentes.
En la familia sufrimos también el accionar de uno de estos sujetos, por eso sabemos bien las reglas por las que se rigen.
La simulación en ellos es una constante. El uso constante de la mentira y una imaginación febril para sortear dificultades; lo tienen incorporado como un sentido más. Lo mismo que mostrarse en fotos o en persona acompañados de una dulce abuelita, de un niño de corta edad o una hermosa mascota. Es para ellos una carta de presentación que les da credibilidad y confianza, que hace bajar las defensas de sus “candidatos”. Tienen varios celulares que, llegado el momento los desechan. Más de un correo electrónico con distintos nombres. Página web con fotos engañosas. Cambian constantemente de domicilio.
En su psicopatía están convencidos de que lo suyo es un trabajo como cualquier otro, es explotar un don que poseen. La empatía no la conocen. Para ellos el otro es impersonal, casi un objeto para obtener su sustento. Así piensan: “si caen en sus redes es culpa de ellos, lo merecen por giles”.
La muerte o enfermedad grave de un familiar ya sea hijos, cónyuges, padres o las situaciones más rocambolescas les pasa a ellos.
Con el que nos estafó aprendimos todo eso y acuñamos una frase: “Aquel que dice pasarle de todo, en realidad no le pasa nada”.
Sus víctimas preferentemente deben tener hijos o familiares muy allegados, ya que saben muy bien que al tener responsabilidades difícilmente puedan tomar acciones violentas en su contra.
Es evidente que en su accionar han sido defendidos obviamente por abogados y han acumulado experiencia como para saber que sus delitos tienen pena leve. Casi nunca de prisión. La clave es declarar bien. Una máxima común es cuando no tienen otra alternativa: reconocer su deuda y mostrar voluntad de pago que nunca cumplen.
Para estos delitos que pueden causar daños irreparables hay un vacío legal que los ampara. Sin duda que el juez aplica la ley. Pero las penas son inversamente proporcionales al mal que causan. Por eso, la única defensa es la prevención del ciudadano.
Lamentablemente, la Justicia parece contemplar más al estafador -en relación al daño-, más en el caso de tener hijos pequeños que casi todos tienen y otras medidas que toma la Justicia, como la de no mezclarlos con presos pesados, etc.
De ahí que proliferen estos seres, y lo peor es que sean reincidentes una y otra vez.
Es hora que el legislador, los juristas o a quién le corresponda se ocupen de tratar que la ley en estos casos no sea tan condescendiente con criminales que causan tantos estragos. Estos podrán ser absorbidos por gente de sueldo abultado, pero… ¿y los otros?