Orlando Dovat | Montevideo
@|El reciente artículo del Dr. Ignacio de Posadas, “Ganar, ¿para qué?”, merece una lectura que vaya más allá de la política partidaria.
Lo felicito porque pone sobre la mesa una cuestión bastante más profunda que quién gobierna hoy o quién ganará en 2029: qué Uruguay estamos construyendo y cuánto tiempo podemos seguir postergando decisiones que sabemos necesarias.
De Posadas enumera problemas que, vistos en conjunto, deberían preocuparnos mucho más de lo que parecen preocuparnos.
Somos un país caro, con dificultades crecientes de competitividad y productividad; un Estado costoso y regulaciones que muchas veces desalientan en lugar de facilitar; corporativismos fuertes y proteccionismos difíciles de desmontar. Se agregan una población que envejece, resultados educativos insuficientes, sectores atrapados en una marginalidad que se vuelve generacional y una delincuencia a la que se suma una amenaza más peligrosa: el crimen organizado. Son los problemas del Uruguay.
Y quizás el mayor problema sea que todavía no tenemos suficiente conciencia colectiva de su gravedad.
Uruguay no atraviesa hoy una crisis que se perciba dramáticamente. Las instituciones funcionan, el país cumple sus compromisos y nuestra convivencia conserva enormes fortalezas.
Precisamente por eso resulta tan difícil explicar la necesidad de cambiar.
Las sociedades suelen aceptar reformas profundas cuando la crisis ya estalló. Nuestra oportunidad sería hacerlas antes de que la realidad nos obligue.
Hay una frase del artículo que merece especial reflexión: existen reformas que el actual gobierno entiende que no fue votado para realizar. Probablemente sea cierto. Pero entonces aparece un problema anterior a cualquier gobierno: si la ciudadanía no percibe la necesidad del cambio, difícilmente otorgará a sus gobernantes el mandato para llevarlo adelante.
Por eso creo que existe una oportunidad excepcional.
El Frente Amplio gobierna y tiene por delante casi todo su período. La Coalición Republicana representa a una parte muy importante del país. Ninguno debería esperar que al otro le vaya mal. Cinco años perdidos no los pierde un partido: los pierde Uruguay.
¿Por qué no intentar un acuerdo nacional limitado, concreto y ambicioso sobre cuatro o cinco cuestiones que condicionarán nuestro futuro durante las próximas décadas?
No se trata de formar un gobierno de unidad nacional ni de borrar legítimas diferencias ideológicas. Se trata de identificar aquello que, cualquiera sea el gobierno, Uruguay inevitablemente deberá enfrentar:
Educación. Seguridad y crimen organizado. Reforma y modernización del Estado. Competitividad, productividad y apertura al mundo. Integración social y sostenibilidad de nuestro sistema de protección frente al envejecimiento demográfico.
Podría establecerse una instancia nacional integrada por gobierno y oposición, pero también por empresarios, trabajadores, academia y sociedad civil, con una obligación concreta: acordar diagnósticos, definir objetivos medibles para los próximos diez o quince años y determinar qué reformas fundamentales deberían mantenerse cualquiera sea el partido que gobierne.
No hace falta estar de acuerdo en todo. Hace falta estar de acuerdo en lo imprescindible.
Y naturalmente todos deberán ceder algo. El gobierno deberá aceptar reformas quizá no previstas en su programa. La oposición deberá acompañarlas en lugar de reservarse sus beneficios electorales. Los empresarios tendremos que revisar protecciones y asumir nuestras responsabilidades. Los sindicatos deberán comprender que defender el trabajo también exige defender la competitividad que permite crearlo. Y el Estado tendrá que revisar estructuras y privilegios acumulados durante décadas.
Eso sería un verdadero pacto nacional.
Uruguay conserva una ventaja extraordinaria: todavía puede discutir estas cosas desde la estabilidad institucional, la democracia y la convivencia. No necesitamos esperar una crisis para reaccionar.
De Posadas termina preguntando: “¿De otra manera, para qué serviría ganar?”.
El desafío es que el Uruguay sea el que gane.