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Es la corrupción

Gonzalo Downey | Montevideo
@|Groucho Marx decía que “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”, una definición ácida que está adquiriendo un dramático realismo en la vecina orilla. Más allá de las posibilidades reales que tenga Javier Milei de ganar la presidencia, su campaña ha logrado monopolizar el debate especialmente en torno a su propuesta estrella, la dolarización, una medida que, antes de entrar en sus méritos, puede desviar la atención y los esfuerzos en torno a las auténticas reformas estructurales que ese país necesita. Durante la primera campaña presidencial de Bill Clinton se popularizó la frase de James Carville “¡Es la Economía, estúpido!”, expresando que es con el bolsillo que se gana una elección, pero que en la Argentina de hoy podría quedarse corta. En el actual estado de desilusión y desesperación de los argentinos, causados por el deterioro económico y social del país, inevitablemente la propuesta está generando expectativas que, de no acotarse, pueden ser imposibles de controlar en el futuro y llegar a transformarse en un boomerang político que tome la forma de una fuerte frustración social, que en Argentina nunca sabemos hasta dónde puede escalar.

Es absolutamente cierto que, luego de su implementación en Ecuador tras la mega crisis de 1999-2000, la dolarización cuenta con un amplio respaldo entre los ecuatorianos y ningún sector político plantea oficialmente salirse del dólar, pero también es cierto que el único efecto real ha sido el control de la inflación. Hasta ahí, porque también se aprendió que si no existen políticas públicas acordes para combatir la corrupción y fortalecer la institucionalidad de manera de alentar la inversión, el empleo, mejorar la distribución de la renta y crear oportunidades sociales y económicas, tener una economía con pesos, sucres o dólares es indistinto para el desarrollo real e integral del país. Sin duda que no sufrir el flagelo de la inflación (un drama argentino permanente) y conseguir estabilidad macroeconómica es un punto de partida enorme, pero no es suficiente. Hay que poner el énfasis en los factores que definen el crecimiento y el bienestar de la población, no solo en el sistema de pagos como tal, que es un punto de partida. Lo anterior se hace aún más patente en El Salvador, país que dolarizó poco tiempo después que Ecuador y donde se controló la inflación, pero con un Estado que se mantuvo al borde de la condición de fallido y que desembocó en un Gobierno que camina muchas veces fuera de los límites del Estado de Derecho.

Por ello, cualquier reforma institucional o política pública que se desee llevar adelante no tendrá efecto alguno si primero y antes que todo no se resuelve la base de todos los problemas: la corrupción. A propósito de la guerra contra el narcotráfico, Rita Vásquez y Scott Bronstein en su obra “Tráfico”, sostienen que si en América Latina vamos perdiendo la batalla no es por la falta de recursos ni porque la estrategia que pone énfasis en las causas sociales de la droga esté equivocada en su diagnóstico: es porque la corrupción devora todos los esfuerzos, públicos o privados, sociales o económicos, en tanto la existencia de fiscales, jueces, policías, militares, gobiernos locales, regionales o nacionales corruptos impide que cualquier política se transforme en un camino real de solución a nuestros problemas: desde el tráfico de drogas hasta la economía. La corrupción es la gran devoradora de buenas intenciones y frena la posibilidad de que los ciudadanos cumplan con sus expectativas y reciban los beneficios del progreso, paraliza la inversión, hace crecer el empleo informal y hasta alienta a las personas a resolver sus asuntos por fuera de las instituciones legales.

Y, frente a la corrupción, Argentina tiene un desafío aún mayor que el de estabilizar su moneda. En caso de dolarizar podríamos tener en un determinado tiempo a nuestros vecinos libres del flagelo de la inflación, pero sin que haya disminuido la pobreza, la desnutrición infantil, el empleo informal, desaparecidas las villas miseria, mejorado el acceso a la Justicia ni menos controladas las alarmantes cifras de violencia, con el riesgo de que aumente el desencanto social argentino y crezca como una bola de nieve imparable, en medio de un sistema político nuevamente vaciado de alternativas. No es la moneda: es la corrupción y para eso se necesita más que dolarizar, se requieren reformas muy profundas a la Justicia, las fuerzas de seguridad o las instituciones públicas nacionales y provinciales. La pregunta es si está Argentina en condiciones de afrontarlo y si tiene Milei la fuerza real y el respaldo político para llevarlo adelante.

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