Julio Cardozo | Montevideo
@|Desde hace largo tiempo, muchos sostienen que las campañas políticas comienzan al otro día de las elecciones.
Si vemos cómo se mueve la mayoría de los protagonistas en el escenario del poder, se les puede dar la razón. El gran tema es la responsabilidad con la que se asumen los diferentes cargos y cuáles son los fines de cada uno de ellos. Podríamos decir que se trata de un tema de conciencia, pero este concepto se ha tornado laxo con el paso del tiempo.
Sin ser por algunas honrosas excepciones, el panorama presenta una chatura considerable. Tanto los actuales debates parlamentarios como los que se suscitan entre otros interlocutores sociales se basan en las estadísticas y no abordan las cuestiones de fondo.
Resulta bastante complicado ser uno mismo, cuando se tiene que conservar la disciplina partidaria o cuando algunos colectivos sociales comienzan a ejercer presión.
Aparecen compromisos de toda clase, inclusive algunos que no son propios. Hay ciudadanos públicos que viven momentos de real incertidumbre y la mayoría de las veces no tienen ni la menor idea de qué hacer. Mucha gente no le está dando corte a la política. Entiende que es algo lejano, que no tiene nada que ver con su vida y que es una cuestión de algunos señores que manejan códigos propios en beneficio personal.
Para el común de las personas resulta difícil constatar cambios verdaderos, reales, de esos que son tangibles y que se pueden cuantificar. Sin ser en el Partido Nacional, donde la presencia de Lacalle Pou es indiscutible, en los demás no se ven liderazgos claros, de esos que marcan la agenda y el rumbo de dirigentes y militantes.
La rendición de cuentas, que la Cámara de Diputados votará a mediados de este mes, podría haberse constituido en una señal de sintonía del gobierno hacia la sociedad. Sin embargo, ha sido planteada de tal forma que la Coalición Republicana tiene razones para no votarla.
Se prevé un aumento del gasto sin tomar en cuenta la casi inexistencia de inversiones. No se destinan todos los recursos que se debieran para atender los problemas de la infancia.
Las cifras que se manejan por parte del Ejecutivo están claramente maquilladas.
Es imposible dar una mano cuando no se conocen los rumbos. Todo está dando a entender que el país no puede esperar demasiado de estas instancias. Y eso resulta penoso.