Carlos Ortega | Montevideo
@|Y en Uruguay nadie se anima a decirlo.
“Dios ha muerto”, escribió Friedrich Nietzsche, y lo verdaderamente inquietante no era su muerte, sino el silencio posterior. Ese momento incómodo donde nadie sabe bien qué creer, pero todos siguen actuando como si nada hubiera pasado.
Eso mismo ocurre hoy en Uruguay con el socialismo.
Nadie lo declara muerto, pero todos lo actúan como tal.
El Frente Amplio ya no es un proyecto ideológico en expansión; es una estructura en conservación. Sus principales referentes no discuten cómo transformar el país, sino cómo administrar mejor lo que ya existe. El horizonte se achicó. La épica se volvió trámite.
Y en ese tránsito, el socialismo perdió lo único que lo hacía fuerte: la capacidad de incomodar al poder. Porque hoy, el poder… también es él.
Las empresas públicas —UTE, ANCAP, OSE— ya no son símbolos de soberanía eficiente, sino estructuras pesadas, caras y difíciles de reformar. Intocables. Más defendidas por inercia que por resultados.
El movimiento sindical, representado en el PIT-CNT, dejó de ser un actor de transformación para convertirse en un actor de resistencia. Resistencia al cambio, a la evaluación, a la flexibilización, a cualquier intento de adaptar el país a una economía que ya no espera.
Y mientras tanto, el discurso sigue intacto. Como si repetirlo lo mantuviera vigente.
Pero la realidad avanza.
Un país caro, con problemas serios de competitividad, con jóvenes que emigran o proyectan hacerlo, con sectores productivos que cargan con un peso estructural difícil de sostener. Y frente a eso, la respuesta ideológica sigue siendo la misma de hace décadas: más Estado, más protección, más rigidez.
No es ideología. Es reflejo.
Durante años, el socialismo uruguayo encontró en Cuba un símbolo a defender o, al menos, a no cuestionar demasiado. Hoy ese silencio pesa. Porque la evidencia ya no permite matices cómodos. La realidad cubana no es un argumento del adversario: es un dato.
Y cuando el símbolo se cae, el relato queda desnudo.
El problema no es que el socialismo haya fracasado en términos absolutos. El problema es que dejó de evolucionar. Se convirtió en un sistema de creencias rígido en un mundo que cambia demasiado rápido.
Y cuando una idea deja de adaptarse, no se mantiene: se fosiliza.
Hoy el socialismo en Uruguay no muere por ataque externo. Muere por agotamiento interno. Por falta de autocrítica. Por comodidad. Por haberse acostumbrado más a gestionar que a pensar.
Sigue vivo en los discursos, en las estructuras, en los cargos.
Pero ya no está vivo como idea. Y eso es lo que nadie quiere decir. Porque admitirlo implicaría algo mucho más difícil que defenderlo: reconstruir desde cero.
Lo que viene ahora no es necesariamente mejor. Puede ser más duro, más pragmático, menos tolerante con la ineficiencia. Puede incluso ser más incómodo. Pero es inevitable.
Porque cuando una sociedad deja de creer en una idea, no importa cuántas veces se la repita: deja de funcionar.
Y en Uruguay, aunque muchos todavía no lo digan en voz alta, eso ya empezó a pasar.