Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Justo detrás de la Asociación Española en Montevideo, se esconde un secreto que, paradójicamente, está a la vista de todo el mundo.
Sobre una puerta discreta se leen tres palabras que conmovieron la historia de la humanidad: Libertad, Igualdad y Fraternidad; por allí entran y salen hombres a cara descubierta, vecinos comunes que, al ser abordados, responden con la cordialidad de quien no tiene nada que ocultar.
Sin embargo, sobre ellos pesa el mito de la conspiración universal, la fantasía del “poder oculto” que domina los hilos del planeta desde aquella mítica fundación en Inglaterra en 1717.
¿Cómo es posible que una organización tildada de “secta secreta y peligrosa” conviva de forma tan abierta, pacífica y accesible en el corazón de nuestra ciudad?
La respuesta es tan simple como incómoda para los fanáticos: la masonería no es una sociedad secreta; es una sociedad discreta y hay una diferencia abismal entre ambas cosas.
El refugio del librepensamiento.
A lo largo de los siglos, quienes han necesitado un enemigo invisible para justificar su propia intolerancia han elegido a los masones como el blanco perfecto. No es una coincidencia histórica que los regímenes más atroces del siglo XX compartieran la misma obsesión:
- Adolf Hitler los envió a los campos de concentración bajo el mito del “complot judeo-masónico”.
- Benito Mussolini ilegalizó sus logias en Italia por considerarlas un peligro para el Estado fascista.
- Francisco Franco creó en España un tribunal especial exclusivamente para perseguir la masonería.
Los totalitarismos, los dogmas de fe absolutistas y las dictaduras de cualquier signo político no toleran el secreto masónico por una razón fundamental, le temen a lo que ocurre dentro de los templos, que no es la conspiración para dominar el mundo, sino el ejercicio soberano de pensar en libertad.
En un espacio donde un católico, un judío, un musulmán y un ateo se sientan en la misma mesa a debatir como hermanos, el dogma totalitario se desmorona.
Por eso los persiguen; porque la masonería defiende el relativismo de la verdad frente a quienes pretenden imponer una Verdad Única con fusiles o excomuniones.
Entre el mito del poder y la realidad del barrio.
En el imaginario popular y en los sectores más conservadores de nuestra sociedad uruguaya, todavía persisten el temor y las acusaciones de “tratos impuros” o pactos de poder en las sombras; se imagina a la masonería como una cúpula de magnates que deciden el destino del país.
Es cierto que la Gran Logia de Inglaterra mantiene la tradición de tener a un noble como su Gran Maestro, y es cierto que la historia uruguaya está profundamente entrelazada con la escuadra y el compás (desde nuestros patricios hasta presidentes de diversas épocas), pero reducir la masonería a una rosca de favores mutuos es ignorar su verdadero propósito.
Lo que los masones guardan con celo no son planes de dominación, sino su “arte”: un método de perfeccionamiento moral, un lenguaje simbólico heredado de los antiguos constructores de catedrales, y una discreción que funciona como un escudo protector para que el debate de las ideas sea libre, maduro y sin las pasiones cotidianas de la política partidaria.
La paradoja de los constructores.
Es hora de derribar el mito del espantapájaros masónico, quienes buscan culpables externos para justificar su propia incapacidad de diálogo o su prédica de odio siempre van a señalar hacia la Logia. Es fácil culpar a una organización discreta de los males del mundo.
Pero la realidad uruguaya es la de Cassinoni, una puerta abierta, palabras de fraternidad en la fachada y hombres comunes que caminan entre nosotros.
Al final del día, el verdadero “poder oculto” de la masonería no es el control de las finanzas ni de los gobiernos; es el poder, revolucionario y subversivo para los intolerantes, de construir ciudadanos libres, tolerantes y profundamente humanos.
Y eso, en un mundo cada vez más polarizado y dogmático, no debería generar temor, sino una profunda y necesaria admiración.