Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|En su excelente columna de la edición de El País del jueves 15 de agosto de 2024, Juan R. Rodríguez Puppo nos habla de las ventajas comparativas con las que cuentan cada una de las coaliciones (FA y CR) que se medirán en los próximos comicios. Entre las del Frente Amplio que con mayor énfasis señala el columnista, se encuentra la construcción del “relato”. Un relato que resulta ser permanentemente desmentido por los datos de la realidad, pero que, a pesar de ello, logra imponerse. Querría desde estas líneas complementar el concepto.
Cabría preguntarse cómo es posible que un relato, sistemáticamente falso en toda su dimensión y en todas las temáticas que aborda, desmentido en cada hito de la realidad histórica logre imponerse y mantenerse vigente. En mi concepto ello es posible en base a dos prerrequisitos que la izquierda ha sabido satisfacer a cabalidad. Uno hace a la cultura impuesta y el otro a la creación del vehículo humano que contribuye a su difusión.
La hegemonía cultural no construye el relato de manera directa sino oblicua y para ello, antes que nada, cambia la escala de valores y los códigos de ética. Esto está pormenorizadamente teorizado por Antonio Gramsci. Estos nuevos valores son impuestos sin ser sopesados en el marco de una realidad social o económica. Penetran en la gente en base a su belleza enunciativa y a paradigmas de aparente virtud. Son conceptos hegemónicos invulnerables porque pertenecen a una idealidad.
Durante más de dos siglos se pudo comprobar que esa idealidad no sólo no se corresponde con el mundo real, sino que, además, conduce a las realidades sociales más execrables. Sin embargo, la belleza y la virtud de sus postulados siguen incólumes en un campo, que, por ser imaginario, está a resguardo de todo embate de la historia. Una vez impuestos los nuevos valores, el relato surge casi espontáneamente. Que no guarde la más mínima relación con la verdad carece de importancia porque el relato siempre es más justo y atractivo que ella. En él siempre se describirá una irrealidad maniquea en donde todo el mal lo genera un enemigo que hay que combatir porque Yo estoy del lado de todo bien.
El otro factor es el protagonista humano. Imaginemos oficios vinculados con la cultura y la información: profesores, periodistas, maestros, sacerdotes de todos los credos, artistas, escritores, etc. Imaginemos en cada una de estas ocupaciones a un protagonista de izquierda y a otro que no lo es. El de izquierda se siente naturalmente imbuido de esa ética superior y se ve impulsado por una apostólica fuerza interior a divulgarla. Es el factor humano que el relato necesita para ser impuesto en la sociedad. Imaginemos ahora en las mismas profesiones a alguien que en principio no posee el mismo ideario. Sólo el hecho de no sumarse al relato construido de antemano por la contracultura y por sus colegas del otro bando lo sitúa en una posición incómoda. Sin advertirlo y sin comulgar con el relato es más que probable que termine colaborando con su construcción. En eso consiste la hegemonía.
Un ejemplo: “En el capitalismo los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Debemos ser solidarios y para ello hay que distribuir la riqueza. Como queremos la justicia social debemos sacarle al que tiene de más y darle al que tiene de menos”. He aquí un relato hegemónico. La premisa de la que parte es falsa. Cualquiera que desee cerciorarse de lo que digo ingrese a las páginas de Our World In Data y podrá comprobar con todo tipo de datos estadísticos que allí se publican, hasta qué punto se trata de una gran falsedad. El relato luego apunta a la belleza de la solidaridad y la justicia. ¿Quién puede estar en contra? Sin embargo, la aplicación a pie juntillas del relato y sus recomendaciones conduce a la Argentina kirchnerista que logró la proeza de transformar al país hermano, pleno de riquezas, en un país de pobres. El ejemplo es sólo un botón (el más reciente) de una larguísima sotana de prelados.