Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|La semana pasada, mientras el Parlamento aprobaba en general el Presupuesto Nacional 2025–2029 con 84 votos a favor y 14 en contra, sentí una mezcla de tristeza y claridad.
Tristeza, porque una vez más se confunde la obediencia con la responsabilidad.
Claridad, porque comprendí que una mayoría política puede aprobar leyes, pero no puede aprobar el sentido común ni la libertad.
El presupuesto debería ser la expresión más pura del respeto por el ciudadano, el reconocimiento de que el dinero público no nace del poder, sino del esfuerzo de quienes producen, trabajan y pagan impuestos.
Pero lo que vimos fue otra cosa, un Estado aprobándose a sí mismo, sin preguntarle al país real qué necesita para crecer, crear y vivir con dignidad.
Aplauden los números, los cargos y las partidas, pero no hay aplauso para el que se levanta temprano, arriesga, o se juega por sus sueños.
Ese sigue siendo el gran olvidado de la política: el ciudadano libre, el que no pide favores, el que solo reclama que no lo asfixien.
Esta aprobación en general será seguida por la consideración artículo por artículo, donde los legisladores podrán efectuar cambios antes de remitir el texto al Senado para su tratamiento.
Será allí donde se verá si hay espacio para la razón o si todo seguirá siendo una rutina de acuerdos y silencios.
Lo que se aprobó anoche fue un presupuesto sin alma, una continuidad de la dependencia.
Y mientras algunos celebran el poder de la mayoría, yo elijo seguir creyendo en la fuerza de las minorías pensantes, de los que todavía creen que el dinero del pueblo no se reparte, se cuida.
Porque cuando el Estado se expande, la libertad retrocede.
Y yo, que sé lo que se pierde cuando uno entrega su libertad, no puedo quedarme callado.