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El payador y el Gral. Rivera

Alejandro Nelson Bertocchi | Montevideo
@|La gran batalla campal de Palmar librada el 15 de junio de 1838 y ganada ampliamente por el General Rivera resultó decisiva en el contexto de nuestra Guerra Grande, pues confinó a sus adversarios a los muros de Montevideo obligando de tal manera al Presidente Oribe a resignar su cargo, una situación largamente debatida por la historia.

Sobre tan importante hecho el investigador compatriota José Luciano Martínez publicó una serie de anécdotas penetrando en la intimidad del combate, recreando el momento crucial del evento con frases que nos conducen hacia una visión donde se muestra la figura del caudillo en su mejor expresión. “Rivera con cincuenta años cumplidos en esos días, pero que sentía entonces todos los sueños de su primera juventud montaba un caballo zaino llamado el Rabioso y vestía con sombrero negro de paño, la divisa punzó, saco negro, pantalón ancho, bota alta, espuelas de plata y oro y su tradicional látigo de trenza. Gregorio Castro, veterano soldado de su escolta dijo que nunca lo vio más entero que en ese día. En el combate nadie supero a nadie porque para tales colorados se necesitaban tales blancos”.

Por su parte, Telmo Manacorda en su obra biográfica sobre el conquistador de las Misiones señaló diversas e interesantes peripecias acaecidas tras esta batalla. En esa misma noche en el amplio vivac donde el General en rueda de mate con sus jefes se hallaba celebrando su victoria, es en ese momento que le traen un prisionero bastante conocido, pues era nada menos que el mentado Anavitarte, quien se había hecho famoso entre sus pares pues había dedicado sus cantos a zaherir a don Frutos en toda oportunidad posible. Rivera, al reconocerlo, le aseguró su pronta libertad, pero con cierta divertida sorna le solicitó “que me cante aquellos versitos tan lindos que usted solía cantar en Montevideo debajo de la ventana de Bernardina”.

El asombro fue mayúsculo entre los presentes y ciertamente el lógico temor y embarazo del payador mientras el general mandó llamar a todos sus oficiales. Y así fue cómo se desarrolló la cosa y Anavitarte cantó sus famosas décimas donde llamaba pardejón, salvaje y bandido a su captor; todo en aquella noche de invierno de la campiña oriental.

En la mañana siguiente, Rivera cumplió su palabra. Así fueron aquellos tenientes de Artigas que nos dieron la Patria.

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