Afiliado insatisfecho | Montevideo
@|El FONASA representó para el Uruguay un cambio en cobertura y solidaridad en materia de salud. Su principio es difícil de no ser compartido: aporta más quien más tiene y se atiende cada uno según sus necesidades.
Sin embargo, tras años de funcionamiento, es imprescindible hacernos preguntas incómodas.
¿Cómo se explica que un sistema que moviliza volúmenes récord de recursos conviva con mutualistas en crisis financiera terminal, algunas rescatadas repetidamente y otras cerradas? ¿Cómo justificar que, paralelamente, los usuarios deban esperar meses para acceder a una consulta médica o a un estudio básico?
La culpa no es necesariamente de la idea del FONASA. Hay fallas de gestión, productividad, escala y decisiones directivas. Pero el diseño actual claramente no genera incentivos para corregirlas. Quizás se controla cuánto dinero entra y sale del sistema, pero casi nada qué resultados obtiene la sociedad a cambio.
Es hora de evaluar a los prestadores con indicadores públicos, transparentes y comparables: tiempos de espera reales, calidad asistencial, satisfacción del usuario y solvencia financiera. Y cuando una institución sea estructuralmente inviable, la prioridad del Estado debe ser proteger la atención de los afiliados, no sostener artificialmente estructuras fallidas.
El desafío no es desmontar la solidaridad del FONASA, sino exigirle eficiencia, transparencia y rendición de cuentas.
La pregunta de fondo debe ser simple: no solo cuánto destinamos a la salud, sino qué calidad de atención obtenemos por cada peso invertido.