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El dólar barato

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Una verdad que nos golpea a todos.

A primera vista, parece una buena noticia, vas al almacén o a la tienda y ves que las cosas de afuera no suben.

El celular, la tele, el surtido importado… todo parece más alcanzable, nos da un respiro, una sensación de que el bolsillo rinde un poquito más.

Pero atrás de ese “dólar barato” se esconde una trampa silenciosa, una realidad que tarde o temprano nos termina pasando factura a todos, vivas donde vivas y labures de lo que labures.

Miremos las cosas de frente; para que el dólar baje, se fomenta que todo el mundo se desprenda de sus dólares, el gobierno frena la inflación de esa manera, sí, pero el costo de ese freno lo paga la producción nacional, y cuando la producción sufre, el sufrimiento se traslada directo a tu mesa.

Pensá en el productor rural, el que se levanta de madrugada a trabajar la tierra o a criar el ganado; sus costos de vida, el combustible, la luz y los impuestos están en pesos y siguen subiendo, pero cuando vende su cosecha al exterior, le pagan en dólares. Al ir a cambiarlos para pagar sus cuentas, recibe cada vez menos pesos, su ganancia se evapora y esto no es un problema de “los ricos del campo”; si al campo le va mal, el pueblo entero del interior se para.

Ese mismo drama lo vivís vos, si sos industrial o tenés un pequeño emprendimiento; fabricar un par de zapatos, una prenda de ropa o un alimento acá, con la brutalidad de regulaciones e impuestos que sufrimos, cuesta el doble que traerlo de afuera; no podés competir.

¿Y quién termina pagando los platos rotos?

El trabajador y el vecino que la pelea día a día en la pobreza.

Cuando la fábrica no compite, cierra o achica; cuando el productor no gana, deja de invertir. El empleo empieza a escasear y las changas desaparecen, el almacenero del barrio vende menos porque sus vecinos no tienen un peso. Al final, la pobreza aumenta porque un país no puede vivir solo de comprar lo de afuera; necesita la dignidad de producir lo de adentro. Los únicos que festejan son unos pocos importadores.

Mantener el dólar planchado a la fuerza es como tapar el sol con la mano, se genera un atraso cambiario que es una auténtica olla a presión.

La historia ya nos enseñó, y a los uruguayos nadie nos lo tiene que contar cómo terminan estas cosas: con una devaluación brusca que nos parte al medio. El dólar barato hoy es pan para hoy y hambre para mañana. Lo triste es que vemos a un gobierno sin rumbo, aplicando parches de corto plazo para disimular la fiebre, pero sin atacar las causas profundas que nos encarecen la vida.

Y del otro lado, nos encontramos con una cúpula del PIT-CNT que le miente en la cara al laburante, haciéndole creer que la riqueza se crea por decreto o que los salarios pueden subir eternamente mientras las empresas se están fundiendo. Ambos caen en la misma receta de siempre, creer que todo se soluciona gastando más plata pública y cobrando más impuestos; pero más gasto es más deuda, y más impuestos es el tiro de gracia para el que quiere salir adelante.

No se puede repartir lo que no se genera.

Hagamos un llamado a la realidad. Uruguay no va a salir adelante exprimiendo a los que producen para mantener un Estado gigante. Tu bienestar, el de tu familia, el del asalariado y el del colono no depende de promesas de campaña ni de subsidios; depende de que nos dejen trabajar en paz y competir.

Es hora de despertarnos y sacarle el freno de mano a la producción nacional. Porque la verdadera riqueza de nuestro país no está en la ventanilla de un banco de cambio, sino en las manos de su gente trabajadora. Si a la producción le va mal, a todos nos va peor.

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