Juan Pedro Arocena | Montevideo
@|Solemos oír que el Uruguay es puro centro, que no hay extremos. Un concepto que viene de la mano de una alegoría muy repetida; aquella que hace un símil con nuestra penillanura suavemente ondulada en donde no hay volcanes ni abismos. En verdad ese es el resultado de la lucha por el poder en donde la batalla se disputa para conquistar un tramo del electorado indeciso que anda alrededor del 20%. El resto de la opinión pública está dividida por una grieta ideológica verdaderamente abismal, con dos concepciones del Estado, de la sociedad y de la economía.
No se trata de matices de opinión como podría ser un poquito más de mercado o un poquito más de intervención estatal. Se trata de dos modelos de sociedad y de país cuyas diferencias hacen a los fundamentos mismos de la asociación política mediante la cual nos constituimos en Estado.
Esto no quiere decir que el hombre masa sea consciente del fenómeno a que hemos arribado como nación. Significa que existen algunos partidos y organizaciones sociales que se las han ingeniado para liderar una importante corriente de opinión que, en los hechos, opera desde la “antipatria”. Es ese 41% de opinión favorable con que cuenta el plebiscito de la Seguridad Social. Muchos reconocen la honestidad intelectual del ex presidente Mujica, al decir sin pelos en la lengua que de resultar victoriosa la propuesta, Uruguay se vería sumido en un caos. Más alegría hay en los cielos… Porque no podemos olvidar que el partido que lidera el propio Mujica es uno de los principales (sino el más importante) constructores de la grieta ideológica que hoy nos divide absolutamente en todos los extremos que nos definen como sociedad, con excepción de la camiseta celeste.
Cuando el electorado se integra con dos tramos de aproximadamente un 40% de posiciones políticas irreconciliables, esos colectivos constituyen votos cautivos que van a votar a sus candidatos porque de lo que se trata, antes que nada, es que no gane el otro. Son goles a favor con que cuentan los partidos antes de empezar la contienda, antes que sus candidatos se muestren, que polemicen, que exhiban sus ideas. Es un poco aquello que decía Raúl Sendic: “nos votan, aunque como candidato pongamos a una heladera”. Yo agregaría: también si ponen a un burro.
El tan mentado centrismo es consecuencia de lo anterior. Se trata de conquistar un 20% desinformado, que no conoce ni siquiera a todos los candidatos y mucho menos los programas de gobierno o las propuestas plebiscitarias que se dirimen el próximo domingo 27. Para conquistar ese 20% que decide la elección el discurso debe ser necesariamente anodino. Antes que proponer debe no asustar y prometer dinero, porque se trata de un colectivo siempre dispuesto a recibir del Estado.
Para mirar el lado lleno del vaso, podríamos concluir en que se trata de otra de las virtudes de la democracia. Una vez más, ella hace que las veleidades de poder de esa mitad de líderes que se consideran redentores del género humano y que proponen refundar la nación y el Estado moderen sus despóticas aspiraciones.