Rodolfo Rodríguez Lama | Montevideo
@|Hace un tiempo vimos un video donde una persona reniega del sistema electoral y del propio sistema democrático en general como modelo de organización social. El video era en el marco de las elecciones argentinas y se dice en forma genérica y lapidaria que: “La Democracia es una farsa, que todos son iguales y que no se debe participar en las instancias de las Democracias electorales”. Esto nos suena muy similar a los juicios de Fidel Castro cuando decía que: “La Democracia pluralista es una pluriporquería”, ya que para él la verdadera democracia era la de Cuba, esa misma que había prohibido a todos los partidos políticos excepto al Partido Comunista y que lo mantuvo a él en el poder por 60 años y luego ante la eminencia de su muerte designó a su hermano para sucederle.
Pero también nos recuerda cuando en la década de los 60, del pasado siglo en Uruguay, gran parte de la izquierda (arrastrada por los poderosos huracanes revolucionarios que llegaron de la Revolución Cubana, y que aún hoy parecen perdurar en algunos) comenzó a descalificar permanentemente a la democracia existente acusándola de puramente formal, que ocultaba la dominación de clase, y contraponiéndola a una “democracia real”, que existía más en las fantasías idealistas que en la realidad.
El propio Raúl Sendic fundador del MLN- Tupamaros, preguntado cuáles eran los objetivos de su grupo, respondió: “Mirad la Revolución Cubana, esa es nuestra meta”. Y así, hipnotizados por una visión maximalista y perfeccionista de una utópica sociedad armoniosa y perfecta (que nunca existió ni existirá), contribuyeron a derrumbar una democracia que por muchas carencias que tuviera, aseguraba derechos a todos los ciudadanos y que luego, cuando se perdieron con la dictadura, se los extrañó bastante y mucho costó recuperarlos.
Las visiones fundamentalistas y extremadamente dogmáticas de la realidad social llevaban a confundir los ideales con el perfeccionismo, ya que siempre catalogan a la realidad social del presente comparándola con una sociedad utópicamente perfecta y sin contradicciones del futuro, con lo cual aquella siempre sería repudiable. Cuando la comparación debería ser con la sociedad del pasado y corroborar cuánto se había avanzado hasta esos momentos, aunque siempre procurando mejorarlo, pero sin renegar ni poner en riesgo de perder lo ya alcanzado.
Los grandes avances de la humanidad siempre se han hecho paso a paso y cuando se aceleró el pedal a fondo siempre se cayó en el desastre.
Veamos el ejemplo de la mortalidad infantil. Según datos de UNICEF en el año 2016 murieron 4.2 millones de bebés antes de cumplir un año. Esta cifra aislada de su contexto parece escalofriante. Pero si la comparamos con los 14.4 millones que murieron en 1950 ya no lo es tanto y si vamos más para atrás, este número aumenta mucho más.
Las sociedades democráticas liberales y representativas ya se sabe que no son perfectas, pero hasta ahora son las menos malas de todas las organizaciones sociales y políticas creadas por el hombre.
Desde que nos encontramos con países de millones de personas la democracia directa pasó a ser impracticable y la democracia representativa buscó ser un sistema de gobierno que a través de la separación de poderes se limitasen los abusos de poder de aquellos gobernantes que hacían y deshacían a su antojo, sin rendir cuentas a nadie. Y donde además, se buscaba un equilibrio entre el máximo de democracia posible en la conducción política de la sociedad con la eficiencia económica y social de la misma.