José Luis Aguiar Cuello | Canelones
@|La dictadura cubana vuelve a exhibir su fracaso estructural frente a una nueva crisis energética.
El viceprimer ministro del régimen, Óscar Pérez-Oliva Fraga, intenta presentar las medidas como inevitables y estratégicas. Al justificar los recortes, el régimen castrista recurre otra vez al argumento del embargo estadounidense. Sin embargo, la escasez crónica y el colapso de los servicios públicos no comenzaron ayer.
El gobierno insiste en atribuir cada carencia al “bloqueo”, evitando cualquier autocrítica. Pero después de más de seis décadas de control absoluto, la responsabilidad es ineludible. El cierre de hoteles, la paralización del transporte público y la virtualidad forzada en las universidades revelan improvisación.
La reducción de ómnibus y trenes castiga, como siempre, al ciudadano común. Cuando un Estado centraliza toda la economía, también centraliza el fracaso. No es el embargo estadounidense el que decide racionar la movilidad interna o asfixiar al sector privado. Durante décadas, el modelo ha desincentivado la producción y castigado la iniciativa individual.
Ahora, frente a la falta de combustible, se pide sacrificio sin ofrecer transparencia.
El propio viceprimer ministro afirmó que las medidas buscan priorizar “la producción de alimentos y la generación eléctrica” y también garantizar “la protección de actividades fundamentales generadoras de divisas”. Pero esas prioridades evidencian que el régimen protege primero su fuente de ingresos.
La narrativa oficial habla de resistencia, aunque la realidad es precariedad. Culpar siempre a factores externos es una estrategia política, no una solución económica. La crisis actual es la consecuencia lógica de un sistema cerrado, ineficiente y sin libertades. Cuba necesita responsabilidad institucional y apertura, no más consignas ni excusas reiteradas.