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Cuando la salud pierde humanidad

Rafael Colombo Pini | Montevideo
@|En los últimos años, el sistema de salud mutual del Uruguay ha crecido en tamaño, pero no necesariamente en calidad de atención. Quienes hemos pasado por una internación, o acompañado a un familiar en esa situación, conocemos de cerca las grietas que el sistema prefiere ignorar.

Uno de los problemas más graves es la omisión de la medicación habitual del paciente al momento de la internación. Personas que toman medicamentos diarios por indicación médica ven interrumpido su tratamiento, sin explicación, sin consulta, sin aviso. Esto no es un detalle menor: puede tener consecuencias serias para la salud. Sin embargo, sucede con una frecuencia que debería alarmar a las autoridades.

Otra falla recurrente es la falta de comunicación y coordinación entre los turnos del personal de salud. El médico de la mañana, muchas veces, no sabe lo que ordenó el de la noche. La enfermera que recibe al paciente no tiene información clara sobre lo que sucedió en las horas anteriores. Cada turno parece empezar de cero, y el paciente queda atrapado en esa desconexión. A esto se suma el desconocimiento de la historia clínica o a buena parte de ella. Los profesionales atienden sin tener acceso completo al historial del paciente. Se repiten estudios, se ignoran antecedentes, se toman decisiones con información incompleta, y a veces, hasta contradictoria.

En la era digital, cuando toda la información podría estar al alcance de un clic, seguimos funcionando como si el papel fuera el único soporte posible. Pero quizás, lo más doloroso es el trato. El paciente y su familia son recibidos, atendidos y derivados como objetos que pasan por una línea de producción. No hay mirada, no hay escucha, no hay empatía. Se responde a preguntas con respuestas automáticas. Se ignora el miedo, la angustia, la necesidad de entender lo que está pasando. La enfermedad ya es difícil, el trato deshumanizado la hace insoportable.

El problema también llega por vía administrativa. Cobros mal hechos, cobros duplicados, facturas que no coinciden con lo convenido. Cuando el afiliado intenta reclamar, se encuentra con una burocracia que parece diseñada para agotar. Empleados que no conocen el sistema, derivaciones infinitas y esperas interminables. Lo que debería ser una simple corrección, se transforma en una odisea que consume tiempo y paciencia.

Y está también el tema de los traslados en ambulancia. Pacientes que son movidos sin los recaudos necesarios, sin la compañía adecuada, sin la atención que su estado requiere. El traslado es parte del tratamiento, no un trámite menor, a veces se lo trata como si fuera un encargo más, sin considerar quién va adentro.

No se trata de culpar a los trabajadores de la salud, que, en su mayoría, hacen lo que pueden con lo que tienen.

Se trata de un sistema que ha perdido de vista lo esencial: que detrás de cada cama hay una persona y detrás de esa persona hay una familia, que merece respeto, información y buen trato.

Uruguay se enorgullece de su sistema mutual de salud. Pero el orgullo debe estar acompañado de autocrítica. Si no reconocemos los problemas, no podemos solucionarlos. Y si no los solucionamos, seguimos fallando a quienes más lo necesitan.

Es hora de que las instituciones de la salud escuchen a los pacientes, a las familias, a la gente que todos los días confía su salud y su vida en un sistema que muchas veces los defrauda. La salud no es un negocio más; es un derecho. Y los derechos se cuidan, se respetan y se defienden con palabras y también con cartas como ésta.

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