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Cuando la confianza se quiebra

Eduardo Sellanes Iglesias | Montevideo
@|El problema ya no es la camioneta.

El problema es que una semana después de conocidas las investigaciones periodísticas, los uruguayos siguen sin entender por qué un vehículo declarado en casi 79.000 dólares terminó envuelto en explicaciones contradictorias, descuentos extraordinarios y versiones que lejos de aclarar los hechos han multiplicado las dudas.

Cuando un presidente de la República se ve obligado a explicar una y otra vez una operación patrimonial, el daño ya no es económico ni administrativo. Es político. Y cuando las explicaciones no convencen, el daño pasa a ser institucional.

Lo más grave de este episodio no es únicamente lo ocurrido. Lo más grave es la sensación de liviandad con la que se ha manejado un asunto que afecta directamente la credibilidad presidencial.

La ciudadanía tiene derecho a preguntarse por qué se otorgó una rebaja tan importante. Tiene derecho a preguntarse si todos los uruguayos reciben el mismo trato. Tiene derecho a preguntarse por qué las explicaciones fueron cambiando a medida que aparecían nuevos elementos. Y tiene derecho a sentirse insatisfecha cuando las respuestas no despejan las dudas.

Los gobernantes no tienen que ser perfectos. Pero sí tienen la obligación de ser transparentes.

La confianza pública no es un cheque en blanco. Se gana lentamente y puede perderse muy rápido. Por eso este caso trasciende a Yamandú Orsi, a su gobierno y a su partido. Porque Uruguay atraviesa un momento particularmente peligroso: el crecimiento del descreimiento ciudadano hacia la política y hacia las instituciones. Cada episodio que deja preguntas sin responder alimenta la idea de que existen privilegios para algunos y reglas para otros. Y cuando esa percepción se instala, la democracia empieza a debilitarse.

La austeridad, la honestidad y la transparencia forman parte de la mejor tradición republicana del Uruguay. Las encarnaron hombres y mujeres de todos los partidos, muchos de los cuales abandonaron la vida pública con el mismo patrimonio con el que llegaron y con una riqueza mucho más valiosa: el respeto de la ciudadanía. Por eso la exigencia debe ser la misma para todos. La corrupción no puede ser tolerada. Los privilegios no pueden ser tolerados. Las zonas grises tampoco. Porque una sociedad puede soportar errores de gobierno. Lo que no soporta indefinidamente es la pérdida de confianza.

Y cuando la confianza se pierde, no se resiente solamente un gobierno. Se resiente la República.

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