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Convivencia erosionada

Sociólogo amateur | Montevideo
@|Cuando se habla de violencia en Uruguay, habitualmente se piensa en delitos graves: homicidios, rapiñas o asaltos. Sin embargo, existe un fenómeno más amplio y menos visible que merece igual atención: el deterioro de las formas de convivencia cotidiana.

Es creciente la percepción de agresividad en el tránsito, las redes sociales, los espectáculos deportivos o el ámbito escolar. No se trata de afirmar que los uruguayos seamos más violentos en sentido estricto, ni de desconocer que ciertos indicadores delictivos han mostrado mejoras. La cuestión es otra: asistimos a una gradual erosión de la civilidad, entendida como las normas implícitas que nos permiten convivir de forma respetuosa entre personas con ideas o sensibilidades distintas.

Especialistas internacionales emplean el concepto de “incivilidad” para describir conductas que, sin constituir delitos, enrarecen el clima social: insultos, provocaciones, descalificaciones o intolerancia. Son actitudes que generan tensión permanente y horadan la confianza interpersonal.

Cuando disminuye la expectativa de que el otro actuará con moderación, aumenta la sensación de amenaza y se facilita la respuesta agresiva. Se alimenta así un círculo vicioso: menos confianza, más irritación; más conflicto. A esto se suman el ritmo acelerado de vida, las tensiones socio- económicas, el consumo problemático de sustancias y una cultura digital que suele premiar la confrontación sobre el diálogo.

Uruguay ha sido históricamente reconocido por sus niveles de convivencia y apego a las instituciones. Tal vez sea momento de preguntarnos si esos valores no requieren hoy un esfuerzo renovado de familias, educadores, medios y actores políticos.

Más allá de las estadísticas del delito, la calidad de una sociedad también se mide por la manera en que sus integrantes se escuchan y resuelven sus diferencias. La gran pregunta de nuestro tiempo es si estamos sabiendo cuidar esa capacidad de convivir.

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