Gonzalo Downey | Montevideo
@|Cuando el fundador de la orientalidad instruyó en el Reglamento de Tierras de 1815 “que los más infelices sean los más privilegiados”, lo que hizo fue mucho más que establecer un mecanismo para la repartición de tierras en la campaña; Artigas fijó un rumbo para la constitución política de esta nación y un mandato indeleble para los orientales: que en estas tierras la ley fuese el escudo de los débiles y sus acciones estuviesen inspiradas por la protección de cada uno de los integrantes del grupo social sin relegar ni olvidar a nadie, con especial atención a los más frágiles.
Ese mandato, que se hunde en las raíces mismas del nacimiento del Uruguay como nación, ni es obvio ni es automático porque exige la revisión continua y constante de nuestras leyes y modos de obrar, de las formas en que se construye la sociedad oriental de acuerdo a los valores que la inspiran. De hecho, hace pocos días, una conmemoración de uno de los equipos de fútbol principales del país motivó a que su afición inundara distintos barrios de la capital con pirotecnia que arrancó a las 00:00 horas y que en algunos puntos se prolongó hasta pasadas las 03:00 de la madrugada ante la vista y paciencia de policías (porque no hay delito), de las autoridades (que no ven en ello un inconveniente) y de los montevideanos (que se han acostumbrado a tan molesta e invasiva costumbre). Sin embargo, en el interrumpido silencio de la noche, uruguayos con autismo sufrieron crisis nerviosas mientras intentaban ser calmados por sus padres o hermanos, familias perdieron a sus mascotas que huyeron desorientadas, otras trataron de calmar a sus gatos y perros escondidos bajo camas y sofás y algunos habrán cortado su descanso para calmar a sus hijos menores asustados o con algunos de los síntomas negativos que los estruendos provocaron en las personas.
Parece insólito que en 2024 tengamos que explicar los efectos nocivos de la pirotecnia en seres humanos y animales, además de los riesgos de incendio en bienes y quemaduras en personas, la mayoría de ellos niños, niñas y adolescentes y que, aún así, su venta libre siga siendo legal, a vista y paciencia de todos, en sentido contrario de la mayoría de los países de la región. Hemos llegado al absurdo de que en Uruguay es más fácil promocionar y vender pirotecnia que cigarrillos.
Cuando Artigas levantó a la Banda Oriental lo hizo no solo contra una figura política extranjera, lo hizo contra un sistema de leyes arbitrarias protectoras solo de unos pocos, un régimen de Gobierno incapaz de considerar a todos y una forma de vivir en sociedad renegadora de los más débiles. Doscientos años después, la República que nace de ese mandato está hoy en deuda con muchos de sus integrantes y, al menos en este tema, ha roto el mandato que nos legaran nuestros fundadores porque hoy, aquí, nuestras leyes no son el escudo de los más débiles.
Es hora de seguir el ejemplo de otros países y nuestro propio mandato nacional y prohibir en forma absoluta la venta de pirotecnia y no solo limitarla a ciertos decibeles -como indica un tibio proyecto aprobado por la Cámara de Representantes en 2023- en beneficio de personas mayores, uruguayos con autismo, niños con riesgo a sufrir traumas óticos, quemaduras, muerte, a la provocación de incendios y al daño en animales; porque no se equivocó Gandhi cuando dijo que “la grandeza y el progreso moral de una nación puede medirse por la forma en que trata a sus animales”. Es hora que en nuestro país los infelices sean los más privilegiados, es hora de volver a pensar en todos y elegir, de una buena vez y para siempre, si queremos civilización o pirotecnia.