Hernán Navascués | Montevideo
@|Me resulta difícil disentir públicamente con Atilio Garrido, tanto por la añeja amistad que nos une, como por el reconocimiento a la gigantesca tarea que ha cumplido como historiador del fútbol uruguayo. Pero, en su reciente libro sobre Colombes, en que vuelve a demostrar su enjundia, cae sin embargo en una teoría sobre Atilio Narancio que no podemos ignorar.
Según Garrido, el verdadero gestor de la gloria de Colombes sería el Dr. Enrique Buero, por lograr la afiliación de la AUF a la FIFA y proponer, al haberse contactado en París con dirigentes españoles, una gira previa por España para financiar los costos. Reconoce que Buero era un desconocedor del fútbol hasta que le llegó el encargo de la afiliación a la FIFA a través del Ministro de Relaciones Exteriores Pedro Manini Ríos, misión que cumplió con pleno éxito (juicio éste que se comparte). Agrega que no hubo promesa de Narancio a los jugadores y manifiesta duda de que se hayan hipotecado bienes, pero en esto se confunde con Numa Pesquera.
Controvertimos ese relato con hechos precisos. 1) El bien hipotecado es notorio que fue obra de Narancio y no de Pesquera (bien individualizado por Iocco: quinta de Maroñas -Avda. Larrañaga (ex Centenario- entre Carrara y Pedro Piñeyrúa).
2) Si la AUF le solicitó a Manini Ríos encomendar a Buero la afiliación a FIFA, habiendo existido antes entre la AUF y la Asociación Argentina conversaciones previas para la eventual participación en la Olimpíada Mundial de París, es claro que la afiliación era para participar en esos juegos y el ideólogo reconocido fue Narancio.
3) Hay varios hechos que confirman la promesa a los jugadores: a) comunicó en el Congreso de la Conmebol, en octubre de 1923, a las demás asociaciones que Uruguay iba a ir a los Juegos Olímpicos (está en las actas) y, si antes del sudamericano había revelado esa intención, ¿cómo no decírselo a los jugadores?; b) el testimonio de la hija de Andrés Mazzali que, estando presente en el homenaje a Narancio en el Parque Central, ante mi pregunta confirmó que aportó el dinero y, además, que como no alcanzaban los pasajes le solicitó precisamente a su padre que se hiciera cargo de la preparación física en el “Desiderade”; c) el relato sobre la financiación (hipoteca de Narancio y suma aportada por Pesquera) de Carlos Manini Ríos (testigo más que hábil) en “100 años de fútbol”, reiterado por Ricardo Lombardo en “Donde se cuentan proezas” y d) lo más revelador: la placa de los olímpicos del 24 al pie de su monumento (lo define: “pastor de almas y forjador de victorias quien nos infundió la fe y el valor moral que hicieron posible el milagro de Colombes”).
Narancio nunca ocultó lo que Buero comunicó a la AUF. Es más, en su discurso en Amsterdam, luego de la segunda victoria en 1928, con motivo de lo que le llamaban “abuelo”, dijo que tanto Buero como Martínez Laguarda y Ghigliani, eran más merecedores que él del título “padre de la victoria”. Y Buero, precisamente, por la afiliación a la FIFA y recomendar la gira por España. Hecho revelador de su espíritu altruista.
En cuanto al viaje de Martínez Laguarda, se justificaba porque Buero dijo en su nota que cumplió la misión encomendada a pesar de que no era propia de su función y agregaba los nombres y direcciones de los contactos por si la AUF quería mantenerlos.
Sin afiliación (idea de Narancio) y sin pasajes no había juegos olímpicos. Había que poner a los jugadores en el “Desiderade” y todos saben quién lo hizo, a tal grado que mereció el más grande homenaje que jamás recibió un dirigente de fútbol. Hubo guardias de honor de los futbolistas olímpicos (con Nasazzi al frente), se izaron las banderas de todos los clubes, asistieron los más connotados dirigentes e hizo uso de la palabra, entre varios oradores, el Ing. Buzetti (poco después Presidente de Peñarol) representando a la AUF.
Queda la otra faceta de su personalidad: el brillante historial médico y abnegación al servicio de la profesión visitando humildes viviendas en la Unión atendiendo niños, asumiendo riesgos por la tuberculosis entonces generalizada, su lucha contra el alcoholismo; y gestor, como hombre público, de la ley jubilatoria para las maestras. Al médico abnegado el autor lo reconoce.
Lincoln decía que se podía engañar a los hombres por un tiempo, pero no todo el tiempo. Desde el inicio, hace cien años, Narancio ha sido unánimemente reconocido como el inspirador de la grandeza de nuestro fútbol, comenzando por Colombes. ¡El “padre de la victoria” durante todo ese tiempo y por el resto del tiempo!