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Amigo-enemigo, ¿iguales o distintos?

Juan Pedro Arocena | Montevideo

@| Si existe una brecha en Uruguay, ella es de carácter ideológico. Abstrayendo y en cierta manera simplificando, podríamos afirmar que al FA lo inspira una visión socialista de la realidad y la CR tiende a expresar puntos de vista algo más liberales. La brecha se ahonda si tomamos los sectores extremistas del FA (que en la CR no existen) que ya no solo ven la realidad a través del cristal socialista, sino que siguen tras el objetivo de llevar a la práctica el extremo colectivista. Allí ya se ponen de manifiesto formas de concebir al Estado y a la sociedad irreconciliablemente antagónicas con la economía de mercado y la democracia liberal. Este último antagonismo ha instalado la lógica política de “amigo - enemigo” acertadamente desarrollada y documentada por Francisco Faig en varias de sus columnas de “El País”. Una lógica por la que la extrema izquierda (de enorme gravitación en el FA) considera un único punto de llegada posible en el mediano plazo, que implica el exterminio de quién nunca fue considerado un adversario político sino un enemigo; es decir, la derecha (constituida en esa purulenta visión por todo lo que no sea extrema izquierda y sus ocasionales aliados).

Por otro lado, otro columnista de “El País”, el economista Javier de Haedo en varias de sus entregas a “Economía y Mercado” ha sostenido algo que parecería darse de bruces con la situación que describo en el párrafo anterior. Fundamenta Javier que, al menos en lo que tiene que ver con la conducción económica, no existen grandes diferencias entre los gobiernos de ambas coaliciones. Algo que podríamos sintetizar en: 1) similitudes en las principales políticas; 2) no introducción de cambios de rumbo rupturistas con la política heredada y 3) lo que también se pone de manifiesto en las encuestas de opinión y en la visión que desde el exterior se tiene de nuestro país. Cabría preguntarse cuáles son las causas que generan esta, en apariencia, extrema paradoja.

La más importante es la inviabilidad fáctica del socialismo. Nuestros gobernantes del FA están en su mayoría inspirados y conducidos por paradigmas colectivistas de imposible aplicación práctica. Cada vez que esa visión intenta tomar contacto con la realidad aparecen sus nefastas consecuencias y la conclusión es una política económica conducida por los “Astori” y los “Oddone”. En su histeria intelectual, la extrema izquierda los acusa de neoliberales, pero los mantiene en el MEF. Aunque sus anteojeras ideológicas no le permitan aceptar la realidad, no tienen otra posibilidad. Circunstancia ésta que tiene algún paralelo con esto de la “autopercepción” ya no en cuestiones de género sino en macroeconomía. “Soy economía de mercado capitalista (malvada), pero me autopercibo socialista (bueno)”.

Desde el punto de vista de la CR, la inspiración liberal tampoco termina de aplicar en la realidad. Ello se debe la imposición de una cultura hegemónica socialista que ha ganado la conciencia colectiva del electorado. Siendo así, los políticos de la CR, en el afán de ganar votos, terminan alineándose con esos antivalores hegemónicos, ocultando los que verdaderamente deberían aplicar; es decir, los de cuño liberal, que están en la génesis de todo desarrollo capitalista. Es lo que lleva a F. Delgado a elegir a V. Ripoll como compañera de fórmula o proponer repartir dinero entre los estudiantes liceales. Así nomás. Traigo este ejemplo por ser relativamente reciente, pero sin dejar de percibir que esta forma de actuar ha sido una larguísima constante en nuestros políticos de los partidos tradicionales. Un comportamiento político que les ha ido imponiendo de manera trágica su creciente pérdida de identidad y que está en los cimientos de su también inexorable pérdida de electorado desde 1971 a la fecha. Allí está la verdadera causa del fracaso y esta consideración brilla por su ausencia en toda autocrítica con la que se flagelan nuestros militantes de los partidos tradicionales. Y lo que es peor, esas autocríticas, con frecuencia, proponen beber más del mismo el veneno que los hace descaecer.

Llegará la hora en que los símbolos de la victoria sean la monumental sinceridad de la motosierra y la honesta consigna de “NO HAY PLATA”. Como blanco que soy, desearía que ese espíritu veraz y patriótico no tuviera que ser enarbolado por un outsider de la política, sino por un verdadero líder conductor de un Partido Nacional a la altura de las circunstancias.

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