Vocación de minoría

Parte de la dificultad por entender el fenómeno Milei en Argentina, y la extensión de una ola derechista más o menos conservadora en varios países de Sudamérica, radica en no ver claramente las implicancias de la concepción de la política entorno a la dicotomía amigo-enemigo que caracteriza a la izquierda.

Quien mejor ha definido el asunto es el intelectual argentino Agustín Laje. En general, quienes conocen sus posiciones ha sido a través de medios audiovisuales, en polémicas que lo sitúan casi siempre en un terreno agonístico. Sin embargo, es en el desarrollo de sus últimas obras escritas, de erudición teórica y rigor conceptual impares, que mejor se entiende la siguiente cuestión clave: esta ola derechista es, en verdad, una reacción a la cosmovisión izquierdista-schmitteana que se expandió con vocación hegemónica en Sudamérica en las últimas dos décadas.

Laje describe este contexto con brío y agrega: se debe responder aceptando esa dicotomía que es la ineludible realidad. Ella implica que la izquierda es enemiga y no adversaria de los campos políticos centristas y derechistas, porque cualquiera del campo no-izquierdista que se comporte con la izquierda como un adversario, y no como un enemigo, sucumbirá ante su acción radical cuyo perfil general es woke y globalista- malthusiana.

Así las cosas, esa izquierda exhibe mal que bien una especie de marxismo cultural barnizado a la Gramsci y/o a la escuela de Frankfort, y en Argentina, por ejemplo, tomó sobre todo el rostro kirchnerista.

Este discurso tan radical choca con la parsimonia vecinal uruguaya y su talante liberal tan propio de blancos y colorados. ¿Cómo suponer o tratar como enemigos a Garcé, Chasquetti o Caetano, en el campo cultural, por ejemplo, o a Fernando Pereira o Liliam Kechichian en el campo político, por ejemplo, si aquí todos tenemos algún amigo en común, la sangre nunca llega al río, y en el fondo todos queremos lo mejor para el país? Algunas ilustraciones públicas responden a esta pregunta: Delgado y Pereira han declarado compartir un grupo de Wtsp por una vieja amistad forjada en un viaje conjunto; Garcé ha dado cursos de formación a jóvenes blancos; Caetano ha sido siempre bien estimado por el campo colorado, e incluso, en plena campaña electoral de 2024, publicó un libro con la subsecretaria blanca de educación y cultura en donde, justamente, se destacaba un talante componedor propio de lo uruguayo.

Hasta que blancos y colorados no cambien esta forma de entender al adversario izquierdista estarán llamados a ser una permanente minoría nacional. ¿Es horrible llegar al grado de confrontación-grieta propio de la Argentina, ese que se apoya en esta dicotomía amigo-enemigo histórica? Sí lo es. Pero también lo es negar la realidad y, para evitar esa potente confrontación, aceptar resignado que aquel que impone la lógica amigo-enemigo termine siendo siempre la mayoría. Porque el problema de fondo, además, es que esa mayoría no conduce al país por un camino de prosperidad y desarrollo, sino que simplemente modera el fuego de la olla en la que nos vamos cocinando todos en el caldo de la intrascendencia y la marginalidad.

Soy pesimista. La vocación de minoría es, infelizmente, esencial en el ADN de los blancos. Y ellos son hoy el principal partido opositor.

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